Regencias de María Cristina y Espartero: la transición política (1833-1843)
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Tipo de la tarea: Ensayo
Añadido: 19.01.2026 a las 12:35
Resumen:
Descubre cómo las regencias de María Cristina y Espartero impulsaron la transición política en España entre 1833 y 1843, clave para entender la historia.
Introducción
Tras la muerte de Fernando VII en 1833, España entró en una década marcada por la incertidumbre, la convulsión política y la apertura parcial a nuevas formas de organización estatal. Este periodo, abarcado entre las regencias de María Cristina de Borbón y la de Baldomero Espartero, fue decisivo para la transición entre el absolutismo dinástico tradicional y la implantación vacilante de un orden constitucional inspirado en las corrientes liberales europeas. La minoría de edad de Isabel II obligó a instaurar un régimen regencial, en un momento en que el país estaba lejos de la estabilidad: luchas entre el antiguo régimen y el emergente liberalismo, guerra civil carlista, tensiones sociales y un Estado aún arcaico en lo administrativo. Este ensayo analiza cómo las regencias de María Cristina y de Espartero pilotaron la modernización política y territorial de España, con avances fundamentales pero también grandes limitaciones, conflictividad y contradicciones que marcarían el devenir del siglo XIX español.1. Contexto histórico y político previo a la Regencia
1.1. El conflicto sucesorio: Isabel II y la Guerra Carlista
La muerte de Fernando VII supuso una profunda fractura en la monarquía española. La cuestión sucesoria, desencadenada por la derogación de la Ley Sálica mediante la Pragmática Sanción de 1830, permitió a Isabel II –una niña– ser proclamada heredera. Este cambio legal desató la oposición carlista: Carlos María Isidro, hermano del monarca fallecido, se proclamó legítimo rey y fue apoyado por quienes defendían el absolutismo y la pervivencia de un modelo tradicionalista. Así comenzó la Primera Guerra Carlista, cruento enfrentamiento que desgarró territorios como el País Vasco, Navarra o el Maestrazgo. La pugna dinástica era sólo la expresión visible de un conflicto más profundo: el choque generacional y social entre partidarios del viejo orden estamental y las nuevas capas insertas en la cultura política liberal.1.2. El Estado en transición
Desde los últimos años del reinado de Fernando VII ya se percibían fisuras en el absolutismo. Algunas reformas administrativas fragmentarias y la presión de una burguesía cada vez más consciente de su papel económico y social empujaban hacia un sistema más flexible. Sin embargo, el peso de la nobleza y el clero mantenía a gran parte del país aferrado al pasado. La estructura institucional seguía siendo centralizada, dependiente de la monarquía, y sólo existían breves destellos reformistas, como los auspiciados por los “realistas puros” o los primeros liberales –muchas veces reprimidos, como en la Década Ominosa–.1.3. Sociedad española y fuerzas políticas
La España de 1833 era mosaico de desigualdades y resistencias. La nobleza terrateniente y el clero poseían gran parte de la riqueza y la influencia, mientras que la burguesía urbana, cada vez más inquieta por su falta de influencia política, veía en el liberalismo una oportunidad de progreso y reconocimiento. El campesinado, mayoritario y sumido en la miseria, apenas se beneficiaba de los cambios y, en ocasiones, abrazaba el carlismo como palanca de reacción frente a los cambios que percibía amenazadores. Los primeros partidos políticos y corrientes ideológicas –moderados, progresistas, carlistas y apostólicos– luchaban por consolidarse en medio de un clima de inestabilidad institucional.2. La Regencia de María Cristina (1833-1840)
2.1. Un poder amenazado desde el inicio
María Cristina de Borbón asumió la regencia con el objetivo fundamental de preservar el trono para su hija Isabel y garantizar la continuidad dinástica. Su poder, sin embargo, estaba constantemente sometido a amenazas: la guerra carlista, las conspiraciones cortesanas y la presión de liberales y absolutistas. Pronto comprendió que sólo una alianza con los sectores liberales –especialmente los moderados– permitiría contrarrestar al carlismo y mantener la estabilidad mínima necesaria.2.2. Reforma administrativa y territorial: la división provincial
La contribución más destacada de la regencia de María Cristina a la modernización de España fue sin duda el proceso de reforma territorial. Bajo el impulso de Javier de Burgos, en 1833 se emprendió la conocida división provincial, que agrupó el territorio en 49 provincias y creó la figura de los jefes políticos (antecesores de los gobernadores civiles). Esta medida supuso la homogeneización del mapa institucional y la consolidación de un Estado mucho más centralizado, con estructuras administrativas modernas, aunque a costa de sacrificar las particularidades territoriales y las instituciones propias de muchas regiones históricas.De forma paralela, la reorganización judicial modernizó los tribunales y estableció nuevas audiencias provinciales. A pesar de las protestas en lugares como Galicia o el País Vasco –donde la pérdida de fueros e identidad generó resistencia y malestar–, este diseño territorial ha llegado, con notables ajustes, hasta la actualidad.
2.3. Reformas políticas: el Estatuto Real de 1834
Para dar cabida a la aspiración liberal sin renunciar del todo al predominio de la monarquía, María Cristina promulgó el Estatuto Real en 1834. Inspirado más en la Carta Otorgada francesa que en una auténtica constitución, establecía unas Cortes bicamerales (Estamento de Próceres y de Procuradores) elegidas mediante un sufragio censitario muy restrictivo, que dejaba fuera de la política real a la inmensa mayoría de la población. El texto no reconocía la soberanía nacional ni una declaración de derechos ciudadanos; el parlamento tenía un papel limitado, subordinado al poder ejecutivo de la regente y sus ministros.El Estatuto fue, en parte, un ejercicio de equilibrio: una modernización política controlada, pensada para apaciguar a los liberales más moderados sin provocar la reacción furibunda de los sectores tradicionalistas. Como recuerda el historiador Javier Tusell, supuso para muchos la constatación de que el modelo oligárquico seguía vigente, aunque revestido de instituciones modernas.
2.4. Gobierno y crisis: Martínez de la Rosa
El periodo estuvo dominado por figuras políticas que se movían en el terreno ambiguo del reformismo limitado. Destaca el gobierno de Martínez de la Rosa, una de las personalidades más relevantes del liberalismo moderado. Su mandato intentó navegar entre los compromisos con la regente y las demandas de reformas más profundas. Sin embargo, la parálisis política se hizo patente: el temor a perder el favor de la Corona y las presiones constantes de los distintos grupos dificultaron cualquier avance real hacia una democracia moderna, propiciando nuevos estallidos sociales y políticos, y sentando las bases para la crisis que acabaría con la regencia de María Cristina.3. La Regencia de Espartero (1840-1843): auge y límites del liberalismo
3.1. El ascenso de Espartero por la vía militar y política
Mientras la guerra carlista languidecía gracias a los éxitos militares, la figura de Baldomero Espartero adquirió un protagonismo indiscutible. Héroe de guerra, admirado por amplios sectores progresistas y temido tanto por moderados como por absolutistas, Espartero fue chamado a liderar la regencia tras el exilio forzado de María Cristina. Su llegada fue vista por muchos como la oportunidad para dar un impulso definitivo al liberalismo y acabar con la tutela conservadora sobre la monarquía.3.2. Esfuerzos reformistas y resistencias
La regencia de Espartero supuso la continuidad de las políticas centralizadoras y la introducción de reformas progresistas. Entre otras medidas, buscó limitar los privilegios de la Iglesia mediante la desamortización de bienes eclesiásticos, mejora de la educación pública y reformas en el ejército. Sin embargo, su talante autoritario, el protagonismo de las fuerzas armadas en la vida política y su incapacidad para contentar a moderados, progresistas radicales y sectores eclesiásticos generaron una rápida erosión del apoyo popular y político.La política de Espartero, pese a su retórica liberal, mantuvo muchas de las restricciones del periodo anterior: persistió el sufragio censitario, el control oligárquico del poder y una escasa participación real de la sociedad en la vida pública. El ejército, lejos de ser una mera fuerza de defensa, se consolidó como actor central de la política del periodo, algo que marcaría al siglo XIX español y propició futuros pronunciamientos y golpes de Estado.
3.3. Contradicciones y tensiones: el bipartidismo incipiente
Aunque la monarquía avanzaba hacia un modelo constitucional, la política española pronto se polarizó entre el Partido Moderado y el Progresista, ambos comprometidos con una visión restringida de la democracia. El enfrentamiento entre estos bloques fue continuo durante la regencia de Espartero, con inestabilidad en los gobiernos y frecuentes pronunciamientos.Regiones periféricas como Cataluña, el País Vasco y Galicia a menudo manifestaron su malestar por la imposición centralizadora y la ausencia de sensibilidad hacia sus particularidades históricas. A la vez, crisis económicas y sociales reclamaban la atención del Gobierno, que no siempre supo, o pudo, dar respuestas satisfactorias.
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