Análisis de El árbol de la ciencia y su reflejo de España a principios del siglo XX
Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: hoy a las 15:51
Resumen:
Descubre cómo *El árbol de la ciencia* refleja la crisis y transformación de España en el siglo XX para tareas de historia en ESO y Bachillerato.
El árbol de la ciencia: Un espejo crítico de la España del cambio de siglo y la búsqueda individual
*El árbol de la ciencia*, publicada en 1911, se erige como una de las obras más emblemáticas del escritor donostiarra Pío Baroja, figura esencial de la Generación del 98. Baroja, nacido en 1872 y formado como médico, reflejó en su literatura el desencanto, la inquietud y el ansia de regeneración que marcaron a la intelectualidad de su época. Su narrativa concisa, directa y aparentemente desapasionada, encierra en realidad un profundo análisis sobre la crisis de valores y de identidad que sacudía a una España sumida en el marasmo tras la pérdida de las últimas colonias.
Partiendo de la vida y el pensamiento de Andrés Hurtado, *El árbol de la ciencia* es mucho más que la simple crónica de una crisis personal; es, sobre todo, el retrato magistral de un país devastado moral y socialmente. La obra funciona así como un espejo múltiple donde se reflejan los grandes conflictos colectivos e interiores del cambio de siglo: el enfrentamiento entre razón y superstición, el desgaste de las instituciones, la búsqueda existencial y la impotencia frente a la decadencia. A través de un enfoque crítico, este ensayo analizará los principales aspectos de la novela: su contexto histórico, el desarrollo y profundidad de sus personajes, la relevancia de sus temas centrales y, finalmente, la vigencia de su mensaje en el presente.
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I. Contexto histórico, político y social en *El árbol de la ciencia*
El telón de fondo sobre el que Baroja sitúa su relato es la convulsa España de finales del XIX y los primeros años del siglo XX, marcada por la traumática derrota en la guerra de 1898. La pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico supuso, además de un quebranto político y económico, una auténtica sacudida para la conciencia nacional. Los intelectuales de la llamada Generación del 98 —entre los que se cuentan, además de Baroja, figuras como Unamuno, Azorín o Maeztu— experimentaron esa “noche espiritual” a la que alude Unamuno: una sensación de colapso, de inseguridad y de necesidad urgente de regeneración.En la novela, esta realidad resuena en los ambientes descritos: barrios madrileños degradados, pueblos castellanos sumidos en la miseria, hospitales donde la falta de recursos se traduce en sufrimiento y muerte. El sistema educativo y médico, espacios donde Andrés intenta hallar un sentido a su labor, aparecen como instituciones corroídas por el inmovilismo, la corrupción o la simple ineficacia. La narrativa barojiana huye, sin embargo, del sentimentalismo para mostrar estos elementos con un realismo descarnado, casi aséptico, aunque impregnado de crítica social.
Baroja nos introduce así en una España llena de contradicciones, lastrada por las tradiciones más conservadoras pero, a la vez, movida por las primeras corrientes científicos y regeneracionistas. Su visión pesimista y lúcida sentaría las bases del existencialismo literario de autores posteriores.
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II. El protagonista y su mundo interior: la lucha contra la abulia y el nihilismo
Andrés Hurtado es, en muchos sentidos, el alter ego de Baroja. Es un joven universitario, hijo de médico, que desde sus primeros años muestra una profunda insatisfacción ante el mundo que le rodea. Inquieto, racionalista y crítico, Andrés se siente ajeno a la tradición familiar y a la vida convencional que ve a su alrededor. Sin embargo, esa actitud reflexiva, que debería impulsarlo hacia el cambio, se ve frenada constantemente por una abulia paralizante.La abulia, ese estado de apatía y falta de voluntad tan propio del pensamiento filosófico de finales del XIX, aparece a lo largo de la obra como síntoma tanto de la crisis colectiva como del desgaste íntimo del protagonista. Andrés observa los males sociales —la pobreza de los campesinos en Alcolea, el atraso en la enseñanza, la inoperancia de las instituciones públicas— pero siente que la acción, cualquier tipo de acción, resulta inútil frente a un entorno tan hostil. Así, en varias ocasiones opta por permanecer al margen, por mirar con fría distancia o por retirarse al refugio de sus lecturas y sus pensamientos. En sus propios términos, es el desasosiego de alguien que “ve claro, pero no siente fuerza para intervenir”.
Este vacío de sentido no tarda en derivar en un nihilismo palpable. Andrés rechaza los valores fijos que han regido la vida de generaciones anteriores —la fe religiosa, el patriotismo, la confianza en los sistemas políticos—, y busca una tabla de salvación en la ciencia. Sin embargo, ni siquiera el conocimiento científico logra colmar su ansia de certeza, porque a medida que experimenta la realidad (el contacto con la enfermedad y la muerte, la impotencia del médico ante el dolor ajeno), constata que los avances médicos no transforman el fondo de las cosas. Para Andrés, la existencia queda así suspendida entre la lucidez y el hastío: un itinerario filosófico que presagia las preocupaciones existenciales de la literatura posterior.
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III. Temas y símbolos centrales en la novela
Uno de los mayores logros de *El árbol de la ciencia* radica en la riqueza y profundidad de sus grandes temas, convertidos en auténticos símbolos literarios.La decadencia y deterioro social es el más evidente: la novela ofrece una pintura amarga de una España inmóvil y fatalista. Los personajes que pueblan los pueblos y calles de la obra —desde los mendigos hasta los profesionales, pasando por artesanos y alumnos— viven encerrados en un ciclo de frustración, miseria y falta de horizontes. El hospital, el aula universitaria, la taberna y hasta el hogar familiar aparecen como microcosmos de una España estancada. El contraste entre el idealismo inicial de Andrés y la progresiva desilusión constituye un mecanismo narrativo recurrente, visible en escenas donde sueña con mejorar la vida de los enfermos, para después rendirse ante la maquinaria burocrática y la indiferencia generalizada.
El positivismo racionalista se erige como otro de los pilares temáticos, aunque desde una mirada ambivalente. Por un lado, la narración aboga por la razón, el método científico y el rechazo de la superstición. Sin embargo, Baroja no presenta la ciencia como panacea total. Los progresos técnicos no bastan cuando la raíz del mal es profunda y afecta a la propia naturaleza del hombre y de la sociedad. En este sentido, la evolución de Andrés (especialmente tras la muerte trágica de su esposa Lulú) muestra los límites del saber racional y la necesidad, nunca satisfecha, de encontrar un propósito vital.
El regeneracionismo late de fondo: asistimos a debates, dentro y fuera de la obra, sobre la necesidad de modernizar España. Sin embargo, el escepticismo es la respuesta predominante. Las reformas son lentas, los proyectos fracasan y el pueblo parece instalado en una resignación perpetua.
La bohemia, representada por Rafael Villasús, es otra alternativa planteada por la novela: la vida artística, rebelde y marginal. Rafael elige la libertad y la independencia, pero paga el precio de la pobreza y la incomprensión. Frente al intelectual práctico pero desencantado que es Andrés, Villasús encarna la intuición y la creatividad vitalista. Su destino trágico pone en cuestión tanto la eficacia de la razón como el sueño bohemio del arte puro.
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IV. El desarrollo narrativo y el papel de los personajes secundarios
El avance de la novela se sostiene, en gran medida, en la interacción de Andrés con un variado conjunto de personajes. Destacan, sobre todo, los diálogos filosóficos que mantiene con su tío Iturrioz, personaje que hace las veces de mentor crítico. A través de sus conversaciones se plasman algunas de las ideas más complejas del libro: la insignificancia de la vida humana, la duda sobre la existencia de un orden superior y la relatividad de las teorías científicas.En el plano argumental, Andrés experimenta un notable desarrollo: de estudiante algo ingenuo a médico desencantado, para desembocar en un hombre que, por un momento, intuye la posibilidad de la felicidad a través de su unión con Lulú. Sin embargo, la repentina muerte de ésta devuelve a Andrés a su estado de soledad y desesperanza, simbolizando la dificultad —si no imposibilidad— de encontrar sentido en la España que describe Baroja.
El contraste entre los distintos personajes secundarios subraya, además, las diversas actitudes ante la vida y la crisis nacional. El bohemio Villasús aporta la nota idealista y excéntrica; los profesores universitarios reflejan el academicismo estéril; los campesinos y obreros, la resignación ante un destino imposible de cambiar.
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V. Reflexión final: legado y actualidad de *El árbol de la ciencia*
A más de un siglo de su publicación, *El árbol de la ciencia* conserva intacta su capacidad de interpelar al lector. En el marco de la literatura española, supuso un hito en la denuncia de la retórica vacía, la hipocresía social y el inmovilismo político, y se adelantó al existencialismo y al realismo crítico que dominarían el siglo XX. Es una obra cuya influencia puede rastrearse, además, en la narrativa de Camilo José Cela o Juan Goytisolo, autores que, de modos diferentes, continuaron su exploración sobre la miseria, el absurdo y la búsqueda de identidad en España.Muchos de sus temas —la impotencia frente al deterioro colectivo, la lucha entre acción y pasividad, el desencanto intelectual, la incertidumbre vital— siguen resonando hoy en una sociedad marcada, también, por crisis sucesivas y preguntas sin respuesta inmediata. El cuestionamiento de la eficacia de la ciencia y la razón ante los grandes problemas humanos adquiere, si cabe, renovada actualidad en un mundo que enfrenta crisis sanitarias, tecnológicas o éticas.
En conclusión, *El árbol de la ciencia* es más que una crónica generacional: es un árbol de ramas múltiples, cuyas hojas reflejan la complejidad de una sociedad y los dilemas eternos del hombre moderno. Entre la crítica y la esperanza, la novela de Baroja anima al lector a buscar sus propias respuestas frente a la duda, el dolor y el desconcierto. Ese es, finalmente, su valor y su legado imperecedero.
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