Resumen completo sobre la historia política y social de España en el siglo XIX
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Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: 15.01.2026 a las 15:51

Resumen:
Resumen de la historia de España en el siglo XIX: guerras, crisis, cambio político, liberalismo vs. absolutismo y modernización. Bases del sistema actual.
Historia de España del Siglo XIX
I. Introducción
Escribir sobre la historia de España en el siglo XIX es enfrentarse a uno de los capítulos más apasionantes, convulsos y decisivos de nuestro pasado reciente. A finales del siglo XVIII, el país todavía era una monarquía absoluta bajo los Borbones, marcada por los ecos decadentes de un imperio que alguna vez fue hegemónico. Sin embargo, el siglo XIX supuso un auténtico cataclismo: reorganizaciones políticas, continuas guerras, sublevaciones internas y crisis coloniales incendiaron el camino hacia la España contemporánea. Es el periodo en que se pasa del Antiguo Régimen, caracterizado por el absolutismo monárquico y la sociedad estamental, a la búsqueda –no siempre fructífera– de un Estado liberal, constitucional y, sobre todo, moderno.En estas páginas analizaré, cronológicamente y con ejemplos concretos, la evolución política, social y militar de la España decimonónica: desde las consecuencias de la Revolución Francesa en suelo español hasta la inestabilidad del reinado de Isabel II, pasando por la Guerra de la Independencia, la Constitución de Cádiz y los pronunciamientos liberales. Todo ello atendiendo a las causas, desarrollo y consecuencias de los principales hechos, con el objetivo de clarificar el impacto que este siglo tuvo en nuestra sociedad y en la mentalidad colectiva española.
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II. España ante la Revolución Liberal: contexto inicial (Reinado de Carlos IV, 1788-1808)
El final del siglo XVIII encuentra a España bajo el reinado de Carlos IV, un monarca cuya imagen histórica queda marcada por la debilidad y la dependencia de figuras secundarias, como Manuel Godoy. Internamente, el país sufría una grave crisis fiscal; la Corona arrastraba deudas antiguas, agravadas por un costoso aparato militar y las consecuencias de los bloqueos ingleses a través del Atlántico. Este contexto de desorden económico y agotamiento institucional se complicó aún más cuando estalló la Revolución Francesa en 1789, a escasos kilómetros de la frontera pirenaica.El temor al “contagio” de las ideas revolucionarias –igualdad ante la ley, rechazo del absolutismo, derechos del ciudadano– marcó toda la política española. Desde el gobierno, se tomaron medidas represivas y conservadoras para blindar al país frente a la ola de cambios, incluso persiguiendo a ilustrados o prohibiendo la difusión de libros franceses como los de Voltaire o Rousseau. Sin embargo, la realidad social era mucho más compleja, con sectores de la burguesía y parte del clero interesados en la modernización de las estructuras.
En política exterior, tras una primera etapa hostil hacia la Francia revolucionaria, España terminará, paradójicamente, aliada con su vecino septentrional. Inicialmente, en 1793, España luchó junto a Inglaterra contra Francia. A esa fase de enfrentamientos pertenecen derrotas como las sufridas por el ejército español en Cataluña o en el País Vasco, lo que obligó a firmar, en 1795, la paz de Basilea, reconociendo la incapacidad militar del régimen de Carlos IV.
A partir de 1796, la alianza con Francia se formalizó en el Tratado de San Ildefonso, fundamentalmente motivada por los ataques ingleses a la flota española en América. Este pacto tendrá su punto culminante en la Batalla de Trafalgar (1805), en la que la armada hispano-francesa será derrotada de manera decisiva por el almirante británico Nelson, lo que supuso el fin de la hegemonía naval de España y debilitó aún más la posición internacional del país. Finalmente, el Tratado de Fontainebleau (1807) permitirá el paso de tropas francesas por el territorio hispano, un detalle aparentemente menor que acabaría teniendo consecuencias devastadoras.
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III. Política interior durante Carlos IV
La debilidad interna de la monarquía borbónica se agravó aún más por los problemas financieros, que obligaron a Godoy a recurrir a fórmulas impopulares como el aumento de los “vales reales” o la desamortización de propiedades eclesiásticas. Carlos IV delegó de facto el poder en Godoy, generando un profundo malestar entre la alta nobleza, el clero y amplios sectores del pueblo, especialmente empobrecido por la crisis económica.Este malestar social y político cristalizó en el denominado Motín de Aranjuez (marzo de 1808), donde, apoyado por la aristocracia y amplios sectores populares, el príncipe Fernando logra derrocar a Godoy. Carlos IV, presionado, abdica en favor de su hijo, Fernando VII, abriéndose una nueva etapa que, sin embargo, no resolverá los problemas de fondo.
Aprovechando este caos, Napoleón Bonaparte despliega su plan: convocando tanto a Carlos IV como a Fernando VII a la ciudad francesa de Bayona, ambos monarcas son forzados por el emperador francés a abdicar. Así, Napoleón nombra rey de España a su hermano José Bonaparte y plantea dividir España, tomando el río Ebro como frontera entre la zona francesa directa y la supuestamente “autónoma”.
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IV. Las abdicaciones de Bayona y la España Napoleónica
Las abdicaciones de Bayona (mayo de 1808) supusieron una herida profunda en la legitimidad monárquica y el orgullo nacional. Es importante entender la reacción de la sociedad española: para muchos, el paso de la Corona a José Bonaparte era directamente inaceptable. El 2 de mayo de 1808, la población de Madrid protagoniza un alzamiento espontáneo contra los franceses, iniciando un ciclo de insurrecciones en ciudades y zonas rurales de toda España.No obstante, no toda la sociedad respondió igual: mientras una parte importante del pueblo y de la baja nobleza optó por la resistencia activa (incluidas las guerrillas, que inspirarían incluso a Goya en sus “Desastres de la guerra”), otros sectores, denominados “afrancesados”, apoyaron al nuevo rey, bien por convicción modernizadora o por simple pragmatismo. Esta etiqueta, usada de forma peyorativa, marcó durante años a una parte de la élite intelectual española. La división y complejidad interna, muchas veces olvidada o simplificada, reflejaba la situación convulsa en la que el país estaba sumido.
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V. Guerra de la Independencia Española (1808-1813)
La Guerra de la Independencia fue, sin duda, un conflicto decisivo. Sus causas se hallan en la defensa de la soberanía nacional frente al dominio napoleónico, pero también en el rechazo visceral a lo que se percibía como humillación nacional e invasión extranjera.Podemos distinguir tres fases principales. La primera, de mayo a finales de 1808, es la de la resistencia popular y los primeros éxitos españoles (destaca la victoria en Bailén, lo que forzó a los franceses a retirarse temporalmente de Madrid). La segunda fase (1808-1811) estuvo marcada por la supremacía militar francesa y la represión brutal de toda oposición, momento en el que surgieron las guerrillas como fenómeno clave en la historia militar europea. Por último, la tercera fase (1812-1813) vio una combinación efectiva de guerra convencional (con la ayuda del ejército británico de Wellington) y la guerrilla popular, provocando la retirada definitiva de los invasores.
Las consecuencias del conflicto fueron catastróficas: cientos de miles de muertos, ciudades arrasadas, hambre y ruina. Además, la debilidad del Estado permitió que las colonias americanas aprovecharan para comenzar sus procesos de independencia. Sin embargo, de forma paradójica, la guerra supuso la entrada definitiva de España en el constitucionalismo contemporáneo.
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VI. Proceso revolucionario de Cádiz
El vacío de poder tras las abdicaciones de Bayona llevó a la creación de las Juntas, organismos locales formados por aristócratas, burgueses, clérigos y militares, que pretendían salvaguardar la soberanía nacional y organizar la resistencia. La Junta Central, establecida primero en Aranjuez y luego en Cádiz –única ciudad que resistió a los franceses–, fue clave.Las Cortes de Cádiz, reunidas en 1810, representaron una revolución legal: por primera vez, diputados de todo el país (incluso de América) se sentaron a debatir el modelo político deseado. De este intenso proceso nació la Constitución de 1812, conocida popularmente como “La Pepa”. Entre sus puntos fundamentales estaban la soberanía nacional, la división de poderes, la creación de la Milicia Nacional y la proclamación de derechos básicos, como la igualdad ante la ley, la propiedad privada y la libertad de imprenta, aunque el catolicismo seguía siendo religión única del Estado.
El preámbulo mismo de “La Pepa” afirmaba: “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.” Este texto, aunque apenas estuvo en vigor un par de años, tiene una importancia formidable al sentar los cimientos del Estado liberal en España.
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VII. Reinado de Fernando VII y vuelta al absolutismo
Tras la derrota de Napoleón, el Tratado de Valençay (1813) permitió el retorno de Fernando VII al trono. El llamado “deseado” fue recibido como salvador, pero inmediatamente abolió la obra legislativa de Cádiz y restauró el absolutismo. Durante el Sexenio absolutista (1814-1820), se persiguió y reprimió con dureza a los liberales: muchos fueron ejecutados o se exiliaron. La economía quedó devastada y, en pocos años, las colonias americanas –privadas de unidad y apoyo peninsular– lograron su independencia.La oposición liberal persistió, apoyada en parte por veteranos de la guerrilla y militares desmovilizados. El Manifiesto de los Persas, documento firmado por diputados absolutistas, reclamó la vuelta plena al absolutismo y condenó la obra de Cádiz, reflejando la polarización ideológica del momento.
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VIII. Trienio Liberal (1820-1823)
En 1820, el pronunciamiento del coronel Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan obligó a Fernando VII a aceptar de nuevo la Constitución de 1812. Comenzó así el Trienio Liberal, periodo de intenso debate y reformas: se suprimieron mayorazgos, avanzó la desamortización, se modernizó la administración y se intentó limitar el poder de la Iglesia.Sin embargo, el periodo estuvo marcado por la radicalización y división entre “doceañistas” (moderados) y “veinteañistas” (radicales), así como por el rechazo feroz de los absolutistas, especialmente en el medio rural. El rey nunca aceptó de buen grado la situación, conspirando activamente para restaurar su poder absoluto.
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IX. Caída del Trienio Liberal y la Década Ominosa (1823-1833)
En 1823, la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, ejército enviado por la Santa Alianza y liderado por Francia, impuso de nuevo el absolutismo. Se inició una década de represión brutal (la llamada “Década Ominosa”): líderes liberales como Riego fueron ejecutados, se disolvieron las sociedades políticas y la censura retornó con fuerza. La crisis económica y el aislamiento internacional agravaron la situación, y las tensiones alcanzaron su punto máximo con la cuestión sucesoria, puesto que Fernando VII solo tenía una hija (Isabel) y promulgó la Pragmática Sanción para que pudiera reinar. Esto colocó a los “carlistas” (partidarios de Carlos María Isidro) en pie de guerra, sentando las bases para las guerras civiles carlistas.---
X. Regencia de María Cristina y Reinado de Isabel II: política y conflictos
Tras la muerte de Fernando VII (1833), María Cristina actuó como regente en nombre de su hija Isabel. El reinado de Isabel II estuvo marcado por una perpetua inestabilidad política y la coexistencia de diversas fuerzas y partidos: moderados y progresistas entre los liberales, republicanos (unitarios y federales), monárquicos y carlistas. Las Guerras Carlistas, sobre todo la primera (1833-1840), supusieron no solo un conflicto dinástico, sino también social y territorial, pues los carlistas defendían los fueros y un modelo tradicionalista en varias regiones (País Vasco, Navarra y Catalunya, principalmente).La regencia de Espartero y la desamortización de Mendizábal son hitos fundamentales. Estas reformas pretendieron afrontar la crisis económica y reforzar el Estado vendiendo bienes eclesiásticos, pero, lejos de democratizar la tierra, sirvieron para reforzar a las élites burguesas y antagonizar aún más con la Iglesia. El periodo fue testigo de la creación de la Guardia Civil (1844), la promulgación de la Constitución de 1845 (más moderada y restrictiva que la de 1812), el fortalecimiento de la Corona y la supresión de derechos como la libertad de prensa en muchos momentos.
El llamado Sexenio Democrático (1868-1874), consecuencia de “La Gloriosa” (revolución de 1868 que derrocó a Isabel II), evidenció la dificultad española para lograr una estabilidad duradera. En medio de fraudes electorales, alternancias irregulares y pronunciamientos militares, se experimentó con la monarquía de Amadeo I, la primera República y, tras su fracaso, la restauración borbónica.
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XI. Conclusión
El siglo XIX español fue un periodo de transformaciones profundas, aunque con frecuencia inacabadas o contradictorias. España pasó de ser una monarquía absoluta y estamental a experimentar, aunque con enormes vaivenes, el liberalismo parlamentario y la construcción de un Estado moderno. Las guerras, tanto la de la Independencia como las carlistas, marcaron a generaciones enteras. Los conflictos entre absolutistas y liberales, entre tradición y modernidad, dividieron al país y configuraron nuestra vida política e institucional.El resultado final fue una profunda crisis colonial, con la pérdida casi total del imperio americano, y una sociedad marcada por la violencia política, la polarización y la búsqueda (todavía vigente en pleno siglo XXI) de una fórmula estable de convivencia y progreso. Si el liberalismo español fracasó en muchos de sus propósitos de democratización y reparto social, sí sentó, en cambio, las bases del actual sistema constitucional y parlamentario.
A modo de reflexión final, la inestabilidad y el conflicto del siglo XIX explican muchas de las tensiones que aún persisten en España. Conocer este periodo, leer sus documentos (como los artículos de la Constitución de 1812 o el Manifiesto de los Persas) y comprender las motivaciones de partidos, personajes y movimientos sociales es clave para apreciar el complejo entramado de nuestra historia reciente y el camino hacia nuestro presente.
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