Sexenio Democrático (1868-1874): impacto y contradicciones en España
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Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: anteayer a las 5:42
Resumen:
Descubre el impacto y las contradicciones del Sexenio Democrático (1868-1874) para entender la evolución política y social de España de forma clara y precisa.
El Sexenio Democrático (1868-1874): luces y sombras de una revolución inconclusa
La historia contemporánea de España está marcada por episodios convulsos de cambio, búsqueda de identidad y tensiones irresueltas entre tradición y modernidad. Entre los momentos más fascinantes y decisivos destaca el denominado Sexenio Democrático (1868-1874), un periodo reducido en el tiempo pero de gran peso para entender la evolución política y social del país. Enmarcado por la decadencia final de la monarquía de Isabel II y el intento de apertura hacia nuevas fórmulas de gobierno, representa el primer gran ensayo democrático en la España moderna.
El Sexenio fue la culminación de una serie de desafíos económicos, sociales y políticos arrastrados desde décadas anteriores y, a la vez, el germen de reformas y contradicciones que cifras posteriores no lograrían resolver del todo. La caída de la reina, el efímero reinado de un monarca foráneo, la experimentación con la República y los cortos destellos de libertades y derechos, contrastan con la violencia, las divisiones internas y el rápido retorno al pasado que supuso la Restauración.
Este ensayo se propone analizar en detalle las causas, el desarrollo y las consecuencias del Sexenio Democrático, ofreciéndole un lugar fundamental en el despertar político de la España contemporánea, pero también subrayando los límites, paradojas y frustraciones que acompañaron este intento de modernización.
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Antecedentes y causas profundas
Las razones que desembocaron en la revolución de 1868 hunden sus raíces en una década previa asolada por dificultades de toda índole. En lo económico, España sufrió varias crisis agrarias que dejaron impronta en las zonas rurales: malas cosechas, miseria, migraciones hacia núcleos urbanos y un caldo de cultivo de antagonismo hacia las élites terratenientes. Las arcas del Estado, además, estaban exhaustas por la ineficiencia fiscal, el clientelismo y el encadenamiento de deudas, parte de las cuales habían sido generadas por las guerras carlistas y la pérdida del lucrativo comercio colonial. En textos docentes como los de Julián Casanova, se señala la importancia de estas inestabilidades para entender las posteriores aspiraciones de cambio.Al mismo tiempo, el prestigio de la monarquía de Isabel II estaba completamente erosionado. Las crónicas y autores del momento, desde Jovellanos en el ámbito de la literatura política hasta Galdós en sus "Episodios Nacionales", relatan un clima de corrupción, escándalos cortesanos y enfrentamientos entre camarillas. La alternancia ficticia entre moderados y progresistas, tutelada por el “encasillado” y el caciquismo, impedía cualquier avance real hacia una sociedad más participativa. El ejército, tradicional baluarte de la corona, comenzaba a mirar con recelo a un trono incapaz de asegurar ni siquiera su propia estabilidad.
Frente a este panorama, las fuerzas políticas de la oposición -republicanos, progresistas, demócratas- encontraron terreno propicio para la colaboración. Experiencias previas, como el fallido pronunciamiento de La Vicalvarada (1854), habían mostrado la potencialidad de la alianza entre distintos sectores en pro del cambio. A este contexto se agregaban las influencias ideológicas llegadas de Francia y otros países europeos, alimentando el auge de sociedades civiles, logias y círculos obreros que clamaban por el sufragio universal y derechos antes reservados a las élites.
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La Revolución de 1868 y el fin de Isabel II
El salto de la teoría a la práctica revolucionaria vino de la mano de la cooperación entre civiles y militares. El célebre Pacto de Ostende en 1866, articulado entre progresistas y demócratas, sentó las bases de una acción conjunta para derrocar a los Borbones y construir un nuevo Sistema. Pocas conspiraciones han tenido un impacto tan decisivo y organizado en la España del XIX como la que surgió en torno a personajes como el almirante Topete y los generales Prim y Serrano. En palabras que atribuyen a Prim: "Queremos monarquía, pero no borbónica, queremos libertad, pero con orden".El estallido fue rápido y eficaz. Partiendo de Cádiz, el levantamiento militar se propagó como la pólvora —se dice incluso que la Tercera Compañía de Sappers de Zaragoza se sublevó al grito de “¡Viva España con honra!”— y, a través de la conocida Batalla de Alcolea, asestó el golpe definitivo al régimen isabelino. La reina, abandonada por gran parte de sus generales y falsamente protegida por un gabinete dividido, cruzó la frontera francesa casi en soledad.
La rapidez del triunfo no solo obedeció a razones militares, sino a un cansancio generalizado: las ciudades acogieron a los revolucionarios con entusiasmo, y las clases medias vieron al fin su oportunidad de protagonismo político. Como observaría más tarde el escritor Benito Pérez Galdós, "en aquel septiembre se respiraba un aire nuevo, parecido al de los primeros días de la primavera”.
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El gobierno provisional y los primeros experimentos democráticos
Tras el vacío de poder, el general Serrano encabezó un gobierno provisional con una compleja misión: asentar el orden, canalizar la efervescencia esperanzada de la población y materializar parte de las reclamaciones que habían inspirado la revolución. Se decretaron medidas de apertura, como la libertad de imprenta y de asociación, y se abordó el espinoso asunto de la religión mediante iniciativas para reducir el peso del clero y permitir la libertad de cultos. El control de las juntas revolucionarias locales supuso un pulso entre el nuevo gobierno central y las aspiraciones autonomistas de muchas regiones, en particular Cataluña y Andalucía.Uno de los grandes logros fue la elaboración y aprobación de la Constitución de 1869, un texto avanzado incluso en el contexto europeo de la época. Por primera vez, el sufragio universal masculino se convirtió en norma, junto con la consagración de derechos fundamentales y la soberanía nacional. No obstante, la solución de compromiso recayó en el mantenimiento de la monarquía, aunque desligada de la dinastía borrbónica.
La promulgación de la constitución no resolvió, sin embargo, ni la fragmentación política ni las tensiones entre los distintos grupos revolucionarios. El mapa político se llenó de nuevas corrientes, desde los carlistas -partidarios de un retorno tradicionalista- hasta los federalistas, reflejo de una sociedad cuya pluralidad y antagonismos ya no podían ocultarse bajo un único manto monárquico.
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La monarquía de Amadeo de Saboya: promesas y decepciones
El nombramiento de Amadeo de Saboya como monarca fue más una solución de circunstancias que un verdadero consenso. Hijo del rey Víctor Manuel II de Italia, representaba para las Cortes Constituyentes el modelo de un monarca constitucional moderno y ajeno a los vicios del pasado borbónico. Sin embargo, para gran parte de la población española, su figura resultaba distante, e incluso absurda. El asesinato de Prim —víctima de un atentado pocas horas antes de la llegada de Amadeo— privó al recién llegado del principal apoyo sobre el que habría de sustentarse.Durante sus breves dos años de reinado, Amadeo tuvo que afrontar la tercera guerra carlista, la insurrección en Cuba y un clima de inestabilidad parlamentaria en el que los diferentes partidos, cada vez más divididos, se turnaban en el gobierno sin poder consolidar una política estable. Las conspiraciones, tanto de los radicales como de los conservadores, dejaban al rey en una situación insostenible. Finalmente, ante la falta de aliados y el rechazo explícito de instituciones clave —desde el ejército hasta las clases populares—, Amadeo abdicó en 1873. Su marcha simbolizó el fracaso de un modelo político impuesto desde arriba, sin raíces ni verdaderos apoyos.
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La Primera República Española: un experimento fallido
Con la abdicación de Amadeo, y ante la imposibilidad de restaurar a Isabel II en ese momento, las Cortes proclamaron la Primera República. Lo que podría haber sido el comienzo de una nueva era de libertad y reformas, terminó siendo uno de los episodios más caóticos de la historia nacional. a Presidencia de Estanislao Figueras, seguida rápidamente por Francisco Pi y Margall, Republicanos como Emilio Castelar o Nicolás Salmerón intentaron aunar federalismo y estabilidad, pero se toparon con una realidad imposible: escisión interna entre “unítarios” y “federalistas”, levantamientos cantonales en ciudades como Cartagena y Valencia, la reaparición de la guerra carlista y la falta absoluta de un poder central efectivo.El experimento republicano halló resistencia no solo en los tradicionalistas y monárquicos, sino en la propia heterogeneidad de sus filas. El pueblo, lejos de respaldar soluciones consensuadas, se dividió en función de intereses locales y regionales, inaugurando una tradición de fragmentación política que, como observan historiadores como Santos Juliá, persistiría en la España del siglo XX.
En solo un año, cuatro presidentes se sucedieron entre motines, pronunciamientos y bloqueos parlamentarios. La intervención del general Pavía y, poco después, del general Martínez Campos, supuso el regreso a una solución de orden: la Restauración borbónica en la figura de Alfonso XII puso punto final al Sexenio.
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Conclusión: legado y enseñanzas
El Sexenio Democrático fue una chispa de modernidad y una amarga lección al mismo tiempo. Por primera vez se puso sobre la mesa la posibilidad de una España en la que el poder residiera en la nación y en los representantes elegidos por sufragio (aunque limitado solo a los hombres), en la que las libertades civiles fuesen reconocidas y en la que la pluralidad política no se percibiese como traición. Pero la falta de tradición democrática, la radicalización de los conflictos, la presión de intereses económicos y regionales y la inestabilidad internacional impidieron transformar ese sueño en realidad.Su legado, no obstante, fue duradero: reverberó en los movimientos sociales de finales del siglo XIX, inspiró la Constitución de 1931 y alimentó el imaginario reformista de múltiples generaciones. Como bien escribiría Galdós, "los hombres pasan, pero las ideas, cuando finalmente germinan, no mueren". Entender el Sexenio Democrático es comprender, así, tanto las potencialidades como las limitaciones de la modernización política en España. Nos recuerda que el deseo de libertad, por sí solo, no basta: requiere instituciones fuertes, consensos amplios y una voluntad colectiva que estuviera aún por construirse.
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Referencias culturales y literarias
Durante este periodo, la literatura y la prensa vivieron una etapa de florecimiento y combate de ideas, con autores como Galdós transmitiendo en sus novelas la atmósfera de expectativas y frustraciones. La proliferación de periódicos satíricos y panfletos —como “La Flaca”— ilustra el vibrante debate social de aquel sexenio. Asimismo, las canciones populares y el teatro recogieron la angustia y las esperanzas de un pueblo en busca de sol.Solo a través de la revisión crítica de sus éxitos y errores se puede calibrar la importancia de aquel paréntesis revolucionario que, aunque efímero, contribuyó de manera decisiva a forjar la España moderna y a dotar de sentido la aspiración a una democracia real y justa.
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