La vuelta al mundo en ochenta días: literatura, aventura y tecnología
Tipo de la tarea: Texto expositivo
Añadido: hoy a las 16:01
Resumen:
Descubre cómo La vuelta al mundo en ochenta días combina literatura, aventura y tecnología para entender el progreso y la modernidad del siglo XIX. 🚂
“La vuelta al mundo en ochenta días”: Aventura, Tiempo y Modernidad
En el vasto panorama de la literatura universal, pocos relatos han logrado nutrir el imaginario colectivo como *La vuelta al mundo en ochenta días* de Julio Verne. Verne, escritor francés del siglo XIX, es conocido por ser uno de los progenitores de la literatura de ciencia ficción y aventura, junto a otros autores de talla como Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson. Sin embargo, Verne posee una marca propia: su mezcla de rigor científico, suspense y profunda fascinación por el avance tecnológico, características todas que se concentran de manera paradigmática en la obra que nos ocupa.
Publicada por primera vez en 1872, *La vuelta al mundo en ochenta días* emerge en un contexto crucial: la Revolución Industrial ha transformado los horizontes tecnológicos y vitales en Europa, mientras que las potencias coloniales extienden su dominio por todo el planeta. La premisa de la novela —dar la vuelta al mundo en un tiempo récord, ochenta días— es a la vez un desafío a las capacidades humanas y una exploración poética de las nuevas posibilidades abiertas por el progreso.
No es casualidad que el protagonista, Phileas Fogg, decida emprender tal empresa cuando la palabra “imposible” comienza a perder fuerza frente a las maravillas modernas: trenes que cruzan continentes y vapores que surcan los océanos. Pero más allá de la peripecia y la aventura, la obra de Verne es también una radiografía de la mentalidad de su tiempo, con sus virtudes, inquietudes y contradicciones. El presente ensayo pretende examinar cómo *La vuelta al mundo en ochenta días* refleja la fascinación decimonónica por la tecnología y el tiempo, al tiempo que convierte el viaje en metáfora de la modernidad y el progreso.
---
I. Contexto histórico y social de la novela
La Revolución Industrial y la globalidad del viaje
La segunda mitad del siglo XIX presencia una eclosión de avances técnicos: el ferrocarril y los barcos de vapor acortan distancias, tienden puentes desconocidos y aceleran el ritmo de la vida cotidiana. El telégrafo, por su parte, permite una comunicación prácticamente instantánea entre puntos antes inconexos. Este panorama de innovaciones crea, por primera vez en la historia, la posibilidad real de circunvalar el mundo en poco tiempo.En la novela, estos inventos se convierten en auténticos personajes secundarios, posibilitando la apuesta de Fogg. El ferrocarril que une Bombay y Calcuta, el vapor que hace posible cruzar el Atlántico en unos días, el ferry que acerca Hong Kong a Yokohama... Cada etapa del trayecto es una celebración —y al mismo tiempo, una prueba— de los avances científicos de la época. Esta admiración por la tecnología también estaba presente en la sociedad española, que asistía, no sin cierto asombro, al tendido de nuevas líneas ferroviarias, como el trayecto Madrid-Barcelona inaugurado décadas antes, y que fascinó a autores como Benito Pérez Galdós en novelas de *Episodios Nacionales*.
El imperialismo y la perspectiva occidental
No se puede entender la obra sin atender al hecho de que Londres es el epicentro desde el cual parte la aventura: capital de un imperio en su apogeo, modelo de organización y eficiencia, y referencia para la burguesía ilustrada europea. De algún modo, el periplo de Fogg y Passepartout es también una vuelta a través de las posesiones y esferas de influencia británicas: del Canal de Suez a la India, de Hong Kong a Estados Unidos. Esta visión eurocéntrica, tan típica del siglo XIX, se expresa también en la mirada sobre otras culturas, vistas muchas veces con un tinte de exotismo y cierto paternalismo que corresponde al espíritu de la época y aparece también en el costumbrismo español, como en los relatos viajeros de Emilia Pardo Bazán.---
II. Personajes y roles simbólicos
Phileas Fogg: el hombre-máquina
Phileas Fogg es ante todo la encarnación de la exactitud británica. Imperturbable, metódico, casi mecánico en sus rutinas cotidianas, Fogg simboliza la confianza plena en la racionalidad y el cálculo. Su obsesión por llegar a tiempo a cada etapa convierte el viaje en una carrera contra el reloj, pero también en un acto de fe en que la inteligencia y la disciplina pueden dominar el azar y el caos del mundo. En muchos aspectos, Fogg recuerda a los personajes distanciados y reflexivos de Galdós o Clarín: tipos sociales que encarnan virtudes pero también críticas a los excesos del racionalismo frío.Passepartout: la humanidad y la improvisación
En contraste, Passepartout es el alma caliente del relato. Francés, expresivo, impulsivo y a menudo divertido, representa la adaptabilidad y la emoción frente al cálculo frío del señor Fogg. Sus errores y peripecias (como la confusión con los horarios, o el episodio en que se ve atrapado por sus propios impulsos), introducen momentos de comedia, pero también muestran el componente humano de la aventura. La progresiva transformación de Passepartout durante el viaje —que pasa del asombro y la inseguridad a la lealtad y el coraje— remite a la idea, muy presente en la literatura española decimonónica, de que el viaje y la adversidad son motores de aprendizaje y crecimiento personal.Fix y los secundarios: prejuicio y cosmopolitismo
El detective Fix aporta una dosis de tensión extra: su persecución infundada de Fogg —a quien confunde con un ladrón de bancos— encarna tanto el prejuicio como la ceguera de las autoridades frente a lo inesperado. Otros personajes secundarios, como la princesa Aouida o Sir Francis Cromarty, enriquecen el relato, aportando matices de cosmopolitismo y crítica social (en el caso de Aouida, la denuncia del ritual del *suttee* constituye un alegato adelantado contra la violencia de género y los excesos del tradicionalismo).---
III. El viaje: etapas, medios y obstáculos
Un itinerario milimétrico
El recorrido de Fogg no es casual, sino resultado de una planificación detallada: Londres, Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, San Francisco, Nueva York y regreso a Londres. Cada segmento está cronometrado, y cualquier retraso puede dar al traste con la apuesta. Esta obsesión por el tiempo refleja una mentalidad extendida en la Europa industrial, donde hasta la vida cotidiana pasaba a ser medida por relojes y horarios, como bien testimonia el auge de las estaciones ferroviarias y los cronómetros.Progreso tecnológico y precariedad real
A pesar de los modernos medios de transporte, el viaje no está exento de dificultades: tramos ferroviarios sin construir en la India —lo que obliga a Fogg y sus compañeros a montar en elefante— retrasos por causas naturales o administrativas, accidentes, y, por supuesto, las intrigas de Fix. Esta combinación entre progreso y obstáculo remite a la propia contradicción de su tiempo: la fe en la humanidad y la técnica convive con la conciencia, aún patente, de la fragilidad y el azar.El tiempo como obsesión
La novela hace del tiempo no solo un elemento estructurador sino un tema filosófico. Los husos horarios, el cálculo de los días perdidos o ganados, el error final que, paradójicamente, se convierte en salvación para Fogg: todo ello alimenta la reflexión sobre cómo el ser humano, al perseguir la exactitud, puede olvidar la relatividad —y las trampas— del propio tiempo. Esta preocupación, también presente en relatos realistas españoles y en poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, muestra que el tiempo es siempre una construcción humana, frágil y cambiante.---
IV. Temas y valores centrales
La aventura como rito de paso
El viaje, más que una sucesión de etapas, es una experiencia de autoconocimiento. Tanto Fogg como Passepartout y Aouida regresan cambiados: han conocido culturas y superado adversidades, aprendiendo a confiar en quienes difieren de ellos. Esta idea, muy desarrollada en la literatura picaresca y en la narrativa de aprendizaje española, convierte la peripecia externa en una oportunidad de crecimiento moral y emocional.Fe en el progreso… y sus límites
La novela rebosa optimismo científico: la apuesta de Fogg no sería posible sin los avances de la técnica. Pero Verne introduce también una nota de cautela: el ser humano, pese a la máquina, nunca deja de depender del azar, la naturaleza y sus propios errores. La crítica al exceso de confianza en la técnica aparece veladamente cuando el viaje fracasa por un fallo de interpretación, y el éxito final solo es posible gracias a la bondad y la ayuda mutua.Mirada crítica a la sociedad
Verne juega también con una fina ironía hacia la mentalidad imperial y elitista de su tiempo. Fogg, que comienza siendo una caricatura del inglés flemático, acaba mostrando compasión y altruismo. Los rituales, prejuicios y costumbres de otros pueblos se presentan con un espíritu abierto, aunque no exento de las limitaciones propias del siglo XIX. En España, esta tensión se puede leer en los relatos de viajeros como Pardo Bazán o Blasco Ibáñez, que supieron admirar y, al mismo tiempo, cuestionar el exotismo europeo.---
V. Influencia y vigencia
Un clásico perdurable
*La vuelta al mundo en ochenta días* ha inspirado generaciones de lectores, además de adaptaciones teatrales, películas y hasta programas televisivos (como el mítico "Un, dos, tres... responda otra vez", donde el viaje de Fogg fue tema de una temporada entera). En el ámbito español, las ediciones ilustradas para niños y las versiones teatrales han acercado la obra a públicos de todas las edades.Relevancia en la era de la globalización
La fascinación por el viaje rápido, la obsesión por el tiempo y la fe en el progreso son rasgos que continúan vivos en la sociedad contemporánea. Hoy, cuando volar de Madrid a Tokio lleva menos de catorce horas, la apuesta de Fogg puede parecer ingenua, pero la novela sigue preguntándonos qué significa, realmente, “aprovechar el tiempo”. Además, invita a reflexionar críticamente sobre la velocidad de nuestro mundo y la superficialidad de muchos de nuestros “viajes” actuales.Reflexión personal
Leer esta obra hoy permite repensar la aventura humana: no como una carrera ciega contra el reloj, sino como un proceso donde el aprendizaje y el contacto con el otro son tan importantes como la llegada. Como bien decía Antonio Machado, “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Así, el viaje de Fogg trasciende la geografía y se convierte en una metáfora del propio crecer.---
Conclusión
*La vuelta al mundo en ochenta días* no es solo la crónica de una apuesta singular, ni un relato de hazañas técnicas, sino una profunda reflexión sobre el tiempo, la modernidad y la condición humana. En la figura de Fogg, Verne nos muestra la lucha por dominar el entorno y el destino, pero también los peligros de olvidar el valor de lo imprevisto y la riqueza del encuentro.Más de un siglo después de su publicación, la novela sigue entusiasmando a lectores de todas las edades, desde alumnos de secundaria hasta adultos apasionados por los viajes y la literatura. Pero, sobre todo, nos recuerda que toda gran aventura —real o imaginada— es siempre una invitación a superar límites y, en ese tránsito, conocernos mejor.
Que el espíritu de Fogg, la humanidad de Passepartout y el mestizaje cultural de sus etapas inspiren a nuevas generaciones a embarcarse en sus propios viajes, tanto interiores como exteriores, en busca de horizontes que solo el deseo y el atrevimiento pueden alcanzar.
Evalúa:
Inicia sesión para evaluar el trabajo.
Iniciar sesión