Hawthorne y Borges: misterio, imaginación y literatura
Tipo de la tarea: Análisis
Añadido: hace una hora
Resumen:
Explora Hawthorne y Borges: misterio, imaginación y literatura para comparar sus cuentos y entender cómo transforman la narración en reflexión filosófica y simbólica.
Comparar a Nathaniel Hawthorne con Jorge Luis Borges permite observar dos maneras de transformar la narración en una exploración del misterio: una, más moral y alegórica; la otra, más filosófica y metafísica. A primera vista, la comparación puede parecer sorprendente, porque separa a un autor norteamericano del siglo XIX de un escritor argentino del siglo XX, formado en una tradición cosmopolita y claramente posterior. Sin embargo, cuando se leen con atención sus cuentos y se atiende a la manera en que ambos entienden la literatura, aparecen vínculos profundos. No se trata solo de una posible influencia o de una admiración puntual: se trata de una afinidad de fondo, de una misma intuición sobre el poder de la imaginación para alterar lo real y descubrir en ello un enigma.
Nathaniel Hawthorne ocupa un lugar central en la narrativa estadounidense decimonónica. Su obra está marcada por la herencia puritana de Nueva Inglaterra, por la conciencia de la culpa, por la obsesión con el pecado, por la relación entre lo visible y lo oculto. Jorge Luis Borges, por su parte, se sitúa en una encrucijada distinta: es un lector universal, un autor que cruza la filosofía, la narrativa breve, el ensayo y la reflexión sobre el propio acto de leer. Sin embargo, Borges no solo conoció a Hawthorne, sino que escribió sobre él y lo reconoció como uno de esos autores que convierten la ficción en una forma de pensamiento. Ahí está la clave de la comparación: los dos entienden que un relato no vale únicamente por lo que cuenta, sino por la estructura de sentido que encierra.
Hawthorne y la realidad como alegoría
En Hawthorne, la imaginación no es un adorno ni una simple evasión. Es una forma de conocimiento. Sus relatos rara vez se conforman con describir la realidad de manera objetiva, al modo del realismo clásico que después triunfaría en buena parte de la novela europea del siglo XIX. En lugar de detenerse en la reproducción minuciosa de ambientes o caracteres, Hawthorne construye situaciones cuya fuerza consiste en su valor simbólico. Lo narrado parece concreto, pero apunta siempre a otra dimensión.Este rasgo se aprecia con claridad en *La letra escarlata*, seguramente su obra más conocida. La letra “A” que Hester Prynne debe llevar sobre el pecho no es solo una marca impuesta por la comunidad: se convierte en un símbolo complejo de culpa, exclusión, vergüenza y resistencia. El objeto visible contiene una red de significados que desborda lo anecdótico. Algo semejante sucede en *Young Goodman Brown*, donde el bosque y el viaje nocturno no son solo un escenario y una acción, sino una auténtica bajada a la incertidumbre moral. El protagonista cree penetrar en una zona donde desaparecen las seguridades sobre el bien y el mal, sobre la inocencia y la corrupción. En *Wakefield*, uno de sus cuentos más comentados, el gesto extraño de abandonar el propio hogar para vivir durante años a poca distancia de él transforma una anécdota insólita en una reflexión sobre la identidad, la separación y la fragilidad del vínculo con la vida cotidiana.
Lo importante es que en Hawthorne casi nada se agota en sí mismo. Una casa, una marca, un camino, una ausencia o un bosque se cargan de resonancias. Esta es una de las razones por las que Borges lo admiró. Borges comprendió muy bien ese procedimiento: la capacidad de tomar una escena concreta y convertirla en un problema universal. En ambos autores, lo narrativo nunca es puramente argumental. Cada historia está diseñada como una figura de pensamiento.
Entre la moral y la incertidumbre
Ahora bien, aquí aparece una diferencia decisiva. Hawthorne suele orientar sus relatos hacia una tensión moral. Aunque no siempre ofrezca una enseñanza cerrada, sí deja ver una preocupación persistente por la culpa, la responsabilidad, la tentación y la caída. La imaginación hawthorniana está atravesada por una sensibilidad ética muy fuerte. Sus personajes no solo viven situaciones extrañas; se enfrentan a dilemas espirituales o a las consecuencias de una transgresión.Esa inclinación puede ser vista de dos maneras. Por un lado, a veces produce la impresión de que la alegoría está demasiado guiada por una intención moral previa. Desde una sensibilidad contemporánea, cierta parte de su obra puede parecer demasiado pendiente de una lección. Pero, por otro lado, precisamente esa seriedad moral da intensidad a sus cuentos. Hawthorne no utiliza el símbolo de manera decorativa, sino como vía para explorar un malestar de fondo en la condición humana.
Borges se sitúa en otra posición. En su narrativa hay crímenes, traiciones, culpas y destinos, pero raramente aparece una moralización explícita. Borges desconfía de la enseñanza directa. Prefiere el enigma, la paradoja, la ambigüedad. Donde Hawthorne parece buscar un significado, Borges explora la dificultad de fijarlo definitivamente. En Hawthorne, el símbolo suele conducir a una reflexión ética; en Borges, el símbolo abre un juego de interpretaciones que no se deja clausurar.
Esta diferencia es muy útil para un análisis literario de nivel de Bachillerato, porque permite distinguir dos usos del relato simbólico. No todos los cuentos con elementos extraños persiguen lo mismo. En unos, como los de Hawthorne, el lector siente el peso de una pregunta moral. En otros, como los de Borges, lo que domina es la inquietud intelectual. Por eso Borges puede leerse como heredero y a la vez transformador de una tradición anterior: toma formas narrativas afines y las desplaza hacia la metafísica.
El tiempo y la identidad: de la rareza narrativa a la especulación filosófica
Uno de los puentes más interesantes entre ambos autores es la cuestión del tiempo. En Hawthorne, el tiempo se vuelve inquietante cuando se rompe la continuidad de la vida ordinaria. *Wakefield* es un caso ejemplar. El protagonista abandona a su mujer con la idea, aparentemente provisional, de ausentarse unos días; sin embargo, esa decisión absurda se prolonga durante años. El tiempo deja entonces de obedecer a la voluntad del sujeto. La separación accidental se convierte en una forma de existencia. La vida queda suspendida en una lógica extraña, casi pesadillesca, aunque se mantenga dentro de un marco aparentemente verosímil.Ese es uno de los logros de Hawthorne: mostrar que basta una pequeña desviación para desordenar por completo una biografía. Lo cotidiano se vuelve perturbador sin necesidad de grandes prodigios. El tiempo no aparece todavía como una abstracción filosófica, pero sí como una fuerza que altera la identidad y la relación del individuo con su mundo.
Borges radicaliza este motivo. En su obra, el tiempo deja de ser solo una experiencia extraña para convertirse en una cuestión metafísica. En *El jardín de senderos que se bifurcan*, el tiempo se multiplica en posibilidades simultáneas; en *El Aleph*, todos los espacios y todos los tiempos parecen concentrarse en un punto; en *Funes el memorioso*, la memoria absoluta impide la abstracción y altera de raíz la relación con la realidad; en *La otra muerte*, la identidad de un hombre parece cambiar retrospectivamente.
Aquí se ve muy bien la complementariedad de ambos escritores. Hawthorne abre la puerta a la rareza del tiempo desde la narración simbólica. Borges toma esa rareza y la convierte en tema central de una literatura que piensa. Para decirlo de otro modo: en Hawthorne la extrañeza temporal es una intuición narrativa; en Borges, una hipótesis filosófica desarrollada con forma de cuento.
Sueño, fantasía y frontera de lo real
Tanto Hawthorne como Borges entienden que la literatura ocupa una zona intermedia entre el mundo empírico y la imaginación. En los dos hay una constante inestabilidad de la realidad. El lector no sabe del todo si debe interpretar lo extraño como sueño, alucinación, símbolo, milagro o simple desajuste de la percepción.En Hawthorne, lo fantástico suele entrar con un tono moral o psicológico. No destruye completamente las leyes del relato, sino que las perturba desde dentro. Esto lo acerca, en cierto sentido, a la tradición de lo siniestro: lo raro surge en un marco que sigue siendo reconocible. El efecto que produce es de inquietud, de desasosiego, a veces de culpa.
Borges, en cambio, trabaja lo fantástico con una sobriedad casi ensayística. Una de sus mayores originalidades consiste en narrar lo imposible con total serenidad. Un libro infinito, un punto que contiene el universo, un hombre que sueña a otro hombre, una enciclopedia de un planeta inexistente: todo aparece expuesto con precisión conceptual. De ahí proviene buena parte de su fuerza. En vez de intensificar el tono emotivo, Borges enfría la voz narrativa; y, precisamente por eso, el lector experimenta un vértigo intelectual muy profundo.
Se podría decir que Hawthorne impresiona la conciencia moral, mientras que Borges impresiona la inteligencia. Pero ambos comparten algo esencial: la convicción de que la literatura no se limita a copiar el mundo. Lo somete a una prueba, lo interroga, revela sus grietas. En ese sentido, los cuentos de ambos funcionan como sueños organizados por una forma rigurosa.
Personajes y construcción narrativa
Otro aspecto relevante para la comparación es la construcción de personajes. Ni Hawthorne ni Borges se interesan, en general, por el tipo de personaje realista que domina en gran parte de la novela del siglo XIX, ese personaje minuciosamente individualizado, definido por su entorno social, su psicología y su evolución detallada. En Hawthorne, las figuras humanas suelen estar subordinadas a una situación simbólica. Importan por lo que encarnan, por el conflicto que representan o por la tensión moral que sostienen.Eso no significa que carezcan de vida, sino que no son el centro absoluto del relato. Hester Prynne, Goodman Brown o Wakefield valen tanto por su individualidad como por el drama abstracto que permiten pensar. En ellos hay emoción, sí, pero sobre todo hay estructura alegórica.
En Borges esta tendencia es aún más marcada. Muchos de sus protagonistas parecen menos personas en sentido pleno que funciones narrativas o intelectuales: el lector, el traidor, el erudito, el soñador, el detective, el hombre duplicado por el tiempo. Sus personajes a menudo están definidos por una idea. Esto se ve, por ejemplo, en *Pierre Menard, autor del Quijote*, donde el personaje importa sobre todo por el problema literario que encarna; o en *La muerte y la brújula*, donde el detective y el criminal se mueven en una trama casi geométrica.
Sin embargo, conviene no reducir a Borges a una frialdad abstracta. También en él hay destino, ironía y, a veces, una secreta emoción. Lo que ocurre es que su forma de conmover no pasa tanto por la empatía psicológica como por la revelación de una estructura oculta. En este punto, Hawthorne conserva una temperatura emocional y moral más visible, mientras que Borges convierte la figura humana casi en una hipótesis narrativa.
Borges lector de Hawthorne y la cuestión de los precursores
Una de las ideas más originales de Borges sobre la literatura es la de los precursores. Según su manera de entender la tradición, un gran escritor no solo recibe influencias: también reorganiza retrospectivamente el pasado. Después de Kafka, por ejemplo, se leen de otra manera ciertos textos anteriores; del mismo modo, después de Borges, Hawthorne se ilumina con nuevos matices.Borges vio en Hawthorne a un autor que anticipaba formas modernas de la extrañeza. No porque Hawthorne escribiera como Kafka o como el propio Borges, sino porque ciertas invenciones suyas abrían ya caminos que la literatura posterior recorrería con más radicalidad. Esta forma de leer es especialmente fecunda en el ámbito académico, porque evita las simplificaciones. Comparar no significa afirmar una dependencia directa y lineal. Significa situar a dos autores en una constelación de problemas comunes.
Desde esta perspectiva, Hawthorne aparece como una pieza activa de la tradición universal, no como un simple antecedente cronológico. Borges lo legitima de nuevo al reconocer en él un creador de ficciones mentales. Y, al mismo tiempo, la lectura de Borges nos enseña a descubrir en Hawthorne más complejidad de la que veríamos si lo redujéramos al moralismo decimonónico.
La función del escritor y el sentido de la literatura
También difieren ambos en su modo de concebir el oficio literario. En Hawthorne hay a veces una relación ambigua con la escritura. La creación artística parece necesaria, pero no del todo inocente. El trasfondo puritano hace sentir que imaginar también puede ser una forma de transgresión o, al menos, una práctica moralmente comprometida. El escritor se mueve entre la invención y la responsabilidad.Borges, en cambio, suele presentar al autor como lector, comentarista, traductor o reescritor. La literatura no surge de la nada, sino de una biblioteca infinita. Esta idea, tan característica de su obra, resulta especialmente sugerente para estudiantes españoles, acostumbrados en clase a estudiar la tradición como diálogo entre textos. En Borges, ese diálogo se extrema: escribir es releer, desplazar, combinar, imaginar variaciones.
Pese a sus diferencias, ambos desconfían de una literatura superficial. Ni Hawthorne ni Borges entienden el cuento como mero entretenimiento. Para los dos, la escritura debe revelar algo escondido: una culpa, una paradoja, una fisura en lo real. Esa exigencia de profundidad explica que sigan siendo autores tan fértiles para el comentario de texto y para la lectura comparada.
Vigencia de esta comparación en el contexto educativo español
En el marco del currículo de Bachillerato en España, una comparación como esta resulta muy valiosa. No solo permite trabajar la narración breve, sino también competencias esenciales: la interpretación simbólica, la relación entre forma y contenido, el análisis del narrador, la ambigüedad, el final abierto y el diálogo entre literatura y filosofía. Además, ayuda a salir de una visión puramente nacional de la historia literaria y a entender la literatura como una red de tradiciones conectadas.Para el alumnado, leer juntos a Hawthorne y Borges supone descubrir que un cuento puede ser mucho más que una historia bien contada. Puede convertirse en una pregunta sobre quiénes somos, sobre cómo funciona el tiempo, sobre si la realidad es estable o está hecha de interpretaciones. En ese sentido, la comparación es formativa porque obliga a pasar del resumen argumental a la lectura profunda.
En el aula, podría ser muy productivo poner en relación *Wakefield* con un cuento de Borges como *El sur* o *La muerte y la brújula*. En los tres hay una alteración del destino cotidiano y una entrada en una lógica extraña. También sería útil comparar el modo en que ambos autores administran la información, construyen la incertidumbre y hacen del desenlace una clave interpretativa más que una simple resolución.
Conclusión
Nathaniel Hawthorne y Jorge Luis Borges coinciden en algo fundamental: ambos convierten la literatura en un espacio donde la realidad se revela insuficiente y necesita ser atravesada por la imaginación. Sin embargo, lo hacen de formas distintas. Hawthorne privilegia el símbolo, la culpa, la alegoría y la intensidad moral del relato. Borges transforma esas mismas posibilidades en reflexión sobre el tiempo, el infinito, la identidad y la lectura.La comparación entre ambos permite entender dos grandes direcciones de la modernidad literaria. En Hawthorne encontramos una raíz poderosa de la narrativa simbólica: historias donde cada escena apunta a un enigma ético. En Borges asistimos a la culminación de una literatura que, además de narrar, piensa sobre sí misma y sobre las condiciones de lo real. Leídos juntos, muestran que la gran literatura no se limita a reflejar el mundo, sino que lo reorganiza para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto. Por eso siguen siendo autores imprescindibles: porque en sus páginas la ficción no huye de la verdad, sino que la busca por caminos más complejos, más inquietantes y, tal vez, más profundos.

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