Estado liberal y nacimiento del capitalismo en la España del siglo XIX
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Tipo de la tarea: Ensayo
Añadido: 17.01.2026 a las 16:55
Resumen:
Analiza el Estado liberal y el nacimiento del capitalismo en la España del siglo XIX: aprende causas, reformas, efectos sociales y desigualdades regionales.
Estado liberal e introducción del capitalismo en la España del siglo XIX
La muerte de Fernando VII en 1833 supuso la apertura de un periodo de aguda transformación política y social en la historia española. Entre esa fecha y el final de la Primera República en 1874, España vivió la implantación del Estado liberal, la pugna entre viejas y nuevas élites, y los difíciles primeros pasos en el camino hacia una economía capitalista. Bajo el signo del conflicto, la improvisación y el deseo de modernización, el liberalismo asentó sus instituciones y permitió el despliegue de dinámicas económicas capitalistas, aunque de manera desigual y plagada de resistencias y continuidades con el Antiguo Régimen. Este ensayo se propone analizar cómo se construyó el Estado liberal durante el siglo XIX en España y de qué manera se introdujo el capitalismo, valorando sus logros, limitaciones y repercusiones. Defiendo que el Estado liberal español creó las bases formales del régimen constitucional y favoreció la irrupción del capitalismo, pero lo hizo de forma fragmentada, permitiendo la pervivencia de aspectos fundamentales del pasado y generando profundas desigualdades y tensiones que marcarían la evolución posterior del país. Para fundamentar este análisis, se abordarán cuestiones políticas, económicas, sociales y culturales, así como ejemplos representativos y debates historiográficos.---
I. La construcción política del Estado liberal
A. Conflicto dinástico y crisis de legitimidad
El debate sobre el modelo político de la España contemporánea se fraguó bajo el estruendo de la guerra civil. La muerte del monarca absolutista Fernando VII generó una crisis sucesoria; el trono fue heredado por su hija Isabel II, enfrentando la oposición de los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del difunto rey. Esta disputa no se reducía a la dinastía: el carlismo canalizó la defensa del orden tradicional, el foralismo y la hegemonía de la Iglesia, frente a un liberalismo que, aunque heterogéneo, pretendía centralizar el poder y reformar las bases legales de la monarquía. Así, la Primera Guerra Carlista (1833-1839), especialmente intensa en zonas de fuerte arraigo foral y campesino como Navarra, el País Vasco o partes de Aragón y Cataluña, evidenció las grietas entre un país rural y conservador y las nuevas élites urbanas y reformistas. El conflicto terminó, parcialmente, con acuerdos como el Abrazo de Bergara (1839), pero la legitimidad del nuevo Estado quedó marcada por la desconfianza y la violencia.B. Constitucionalismo, monarquía y ejército
El andamiaje institucional del Estado liberal español se configuró mediante una sucesión de textos constitucionales y leyes que buscaron superar el absolutismo. El Estatuto Real de 1834 instauró un simulacro de constitucionalismo, pero pronto fue sustituido por la Constitución de 1837, que, aunque inspirada en compromisos, afianzó algunos principios como la soberanía nacional y la división de poderes, mientras mantenía un fuerte protagonismo de la Corona. La Constitución de 1845, resultado del ascenso de los moderados, reforzó la autoridad real y el sufragio censitario, restringiendo los derechos políticos. En contraste, la liberal Constitución de 1869, surgida en el Sexenio Democrático tras la Revolución de 1868 (“La Gloriosa”), proclamó mayores libertades y el sufragio universal masculino, aunque su aplicación fue efímera.La inestabilidad política fue persistente: la regencia de María Cristina, seguida de la del general Espartero, y los continuos pronunciamientos militares ilustran el papel arbitral y de veto que ejerció el Ejército, fermentando la endémica fragilidad gubernativa. Si bien en teoría se avanzó hacia un Estado de derecho, en la práctica el poder real residía en grupos restringidos: la élite parlamentaria, la monarquía y el estamento militar.
C. Partidos, caciquismo e inestabilidad política
El sistema de partidos reflejó la polarización entre moderados (liberalismo restrictivo y centralizador), progresistas (reformas más amplias e inclusión burguesa) y, desde mediados de siglo, demócratas y republicanos partidarios de sufragio universal y profundas transformaciones sociales. Sin embargo, tanto el control electoral mediante el caciquismo como la escasa institucionalización de los partidos sabotearon la democratización real. El acceso a la participación política siguió estando limitado por requisitos censitarios y la mediación clientelar, especialmente notoria en el mundo rural. El incipiente parlamentarismo favoreció a una burguesía urbana, muchos de ellos nuevos propietarios tras las desamortizaciones, a militares ligados al nuevo Estado y a una nobleza reciclada en funciones administrativas.---
II. Transformaciones económicas: el salto hacia el capitalismo
A. Desamortización y reforma de la estructura agraria
Para desmantelar la base económica del Antiguo Régimen y obtener recursos para el Estado y la guerra, los gobiernos liberales acometieron profundas reformas de la propiedad. Las “desamortizaciones” consistieron en la incautación y venta en subasta pública de bienes en manos muertas, sobre todo de la Iglesia, la nobleza (vinculaciones) y los municipios (propios y comunales). Las más conocidas fueron la desamortización de Mendizábal (1836-1837), dirigida principalmente al patrimonio eclesiástico para sostener el esfuerzo militar contra los carlistas, y la de Madoz (1855), de carácter más amplio, incluyendo bienes municipales y con el objetivo, entre otros, de financiar el desarrollo ferroviario y obras públicas.En teoría, estas medidas pretendían crear una clase media de pequeños propietarios y dinamizar el mercado agrario. Sin embargo, en la práctica, el acceso a la propiedad se concentró en manos de terratenientes, inversores urbanos y ciertos burgueses con capacidad de crédito, agudizando el latifundismo en zonas como Andalucía y Extremadura. Se produjo una proletarización o campesinado sin tierras, fuente de futuras tensiones sociales y migraciones. Además, la desamortización supuso una pérdida irreparable de patrimonio artístico y cultural, pues muchos bienes —iglesias, conventos, archivos— no fueron preservados adecuadamente.
B. Industrialización: focos regionales y límites estructurales
La introducción del capitalismo no se produjo de modo uniforme. El tejido industrial se activó principalmente en algunas regiones concretas, respondiendo a factores históricos y geográficos propios. Cataluña lideró el sector textil, gracias a una burguesía activa, inversión local, tradición comercial y una temprana inclinación proteccionista; el auge de fábricas de algodón en Barcelona y alrededores fue un motor de diversificación económica, acompañado de conflictos como las primeras huelgas y la formación de sociedades obreras. El País Vasco y Asturias evolucionaron como focos de minería y siderurgia, debido a la existencia de recursos naturales y, posteriormente, a la inversión extranjera y estatal.Por el contrario, la mayor parte de la Península continuó anclada en un modelo agrario tradicional, dificultado por factores que han sido subrayados por historiadores como Jordi Nadal: la orografía, la relativa escasez de capital disponible, la tardanza en unificar el mercado y la competencia de productos extranjeros. El modelo radial de ferrocarril, decidido en el plan de 1855, con centro en Madrid, pretendió romper el aislamiento regional, estimular el comercio y movilizar la economía, pero su desarrollo dependió en gran parte de la financiación externa (especialmente francesa), y en muchos casos se proyectó más por criterios políticos que económicos. El coste y la corrupción asociada al proceso, así como la escasa integración de algunas redes locales, limitaron su función modernizadora.
C. Relaciones laborales y sistemas financieros
La expansión de la economía capitalista comportó el nacimiento del proletariado urbano e industrial, así como la generalización del trabajo asalariado en fábricas, minas y talleres. Muchas mujeres hallaron empleo en el sector textil, aunque en condiciones precarias y con salarios inferiores. La concentración obrera en ciudades y la descomposición del mundo rural tradicional formaron el caldo de cultivo para el surgimiento de nuevos conflictos sociales. Paralelamente, surgieron los primeros bancos y sociedades de crédito —como el Banco de San Fernando o el Banco de Barcelona—, necesarios para financiar las inversiones industriales y la construcción ferroviaria. La presencia de capital extranjero, principalmente francés e inglés, fue clave para articular proyectos de gran escala.---
III. Cambios sociales y culturales: sociedad, ideologías y mentalidades
A. Nueva estructura social y tensiones campo-ciudad
La reforma institucional y económica alteró la jerarquía social. La burguesía urbana pasó a detentar el poder económico y político; la aristocracia, pese a la pérdida de privilegios formales, supo adaptarse, invirtiendo en tierras o participando en la administración liberal. El ejército, bien dotado por los gobiernos y cargado de poder político, funcionó como árbitro y, a menudo, como “guardián” del orden constitucional. Mientras tanto, la Iglesia, aunque mermada en su poderío económico tras las desamortizaciones, conservó una enorme influencia social, especialmente en las zonas rurales.Las desigualdades entre regiones, poblaciones y sectores económicos se plasmaron en la coexistencia del latifundio y el minifundio, del campesinado sin tierra y de los industriales enriquecidos, de los obreros urbanos y los jornaleros pobres. Ciudades como Barcelona, Bilbao o Madrid conocían el bullicio de la modernidad, con ferrocarril, prensa, teatros y ateneos; mientras, vastas zonas rurales proseguían con modos de vida heredados.
B. Movilización obrera y nuevas ideologías
La precariedad de las condiciones laborales favoreció la propagación de ideologías revolucionarias. El socialismo utópico, el anarquismo —llegado sobre todo a través de exiliados y publicaciones francesas e italianas— y en menor medida el marxismo, calaron en el incipiente movimiento obrero español. En 1868 se fundó la primera sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), impulsando la formación de sociedades de socorro, cooperativas y la convocatoria de huelgas. Las ideas libertarias encontraron especial eco en Cataluña y Andalucía, mientras que las reclamaciones sindicales más estructuradas tuvieron más peso en el País Vasco y en las grandes ciudades. La represión estatal oscilaba entre fases de tolerancia y prohibición, nunca logrando eliminar completamente el fermento reivindicativo.C. Educación, secularización y cultura burguesa
El Estado liberal impulsó, aunque lentamente y con falta de medios, la extensión de la enseñanza primaria, con leyes como la de Instrucción Pública (Ley Moyano de 1857), buscando reducir el analfabetismo y formar ciudadanos útiles. En las grandes ciudades proliferaron ateneos, academias y prensa burguesa, e incluso en contextos de represión se abrieron espacios de debate intelectual y artístico. El Romanticismo español, como el de José de Espronceda o Rosalía de Castro, expresó la inquietud de una generación testigo de la quiebra de viejos valores y la búsqueda de nuevas identidades. En Cataluña, el movimiento de la “Renaixença” simbolizó el renacer cultural y lingüístico y fue precursor de los nacionalismos contemporáneos.---
IV. Ejemplos empíricos: la desigual implantación de la modernidad
Para ilustrar la tesis de la modernización fragmentaria y desigual, conviene atender a dos ejemplos concretos. En primer lugar, el efecto de la desamortización de Mendizábal en Andalucía: aunque se vendieron grandes extensiones de tierras eclesiásticas, la mayoría acabó en manos de especuladores urbanos y antiguos aristócratas, lejos del ideal de pequeños propietarios. En los pueblos rurales aumentó la concentración de la tierra, mientras que decenas de miles de jornaleros quedaron sin acceso a recursos básicos, germinando un profundo descontento social que perduraría hasta el siglo XX.En contraste, la industria textil catalana experimentó un desarrollo notable gracias al capital local, el proteccionismo arancelario y una burguesía emprendedora. El modelo fabril impulsó la urbanización y la aparición de una sociedad civil dinámica, aunque también trajo conflictos laborales y debates sobre la cuestión social. Este éxito regional, sin embargo, no se replicó en Castilla, Galicia o buena parte de Andalucía, donde ni la estructura de la propiedad ni el capital humano permitido favorecieron una industrialización temprana.
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V. Valoración crítica e interpretación historiográfica
El proceso de constitucionalización y modernización económica de la España del siglo XIX ha sido valorado de manera diversa por la historiografía. Manuel Tuñón de Lara y Josep Fontana sostienen que el desarrollo liberal tuvo un fuerte protagonismo burgués, pero que la pervivencia de poderes tradicionales (aristocracia, Iglesia, caciquismo) limitó el alcance transformador. Otros, como Juan Pablo Fusi, señalan el éxito de ciertas reformas institucionales y el peso de factores estructurales (geografía, atraso financiero) para explicar las diferencias regionales y sectoriales.En síntesis, cabe afirmar que el Estado liberal español logró consolidar algunos de los principios y estructuras de la modernidad política y económica: leyes escritas, mercado nacional abierto, derechos formales, economía de mercado. Sin embargo, la modernización fue incompleta y desigual: las bases de la sociedad tradicional sobrevivieron con fuerza, se mantuvieron privilegios y desigualdades y las reformas profundas quedaron muchas veces en promesas. El capitalismo encontró nichos de éxito, pero fue incapaz de transformar por completo la vieja España rural y estratificada.
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