Centenario argentino (1910): celebración, protesta y memoria nacional
Este trabajo ha sido verificado por nuestro tutor: 23.01.2026 a las 7:39
Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: 17.01.2026 a las 16:30
Resumen:
Analiza el Centenario argentino (1910): celebra, protesta y memoria nacional. Aquí hallarás contexto, conflictos, monumentos y legado para tu trabajo escolar.
Centenario de la República Argentina (1910): Celebración, conflicto y memoria de una nación en construcción
I. Introducción
Una fría noche de mayo de 1910, las luces eléctricas inundaban la avenida de Mayo en Buenos Aires, mientras bandas municipales interpretan el “Himno Nacional”, entre el estruendo de cohetes y el incesante murmullo de la multitud. Dentro del imponente Teatro Colón, recién inaugurado para la ocasión, la élite porteña vestía de gala, asistiendo a una función que aspiraba a competir con los mejores teatros europeos. Sin embargo, en los márgenes, más allá del esplendor y la retórica oficial de progreso, los obreros, los criollos humildes y los inmigrantes que llenaban los arrabales de esa ciudad pujante miraban la celebración con escepticismo, e incluso algunos se organizaban para protestar, reclamando derechos y justicia social. El Centenario de la República Argentina marcó, así, mucho más que una efeméride: representó el cruce entre una contundente puesta en escena estatal y las razones profundas de una sociedad atravesada por desigualdades.En 1910, la Argentina se hallaba en la cima de su modelo agroexportador: enormes estancias producían granos y carne para mercados lejanos, los ferrocarriles se extendían hacia el interior y la capital, Buenos Aires, era ya una metrópolis cosmopolita, en parte gracias al influjo de millones de inmigrantes europeos que nutrían sus fábricas y talleres. Bajo la presidencia de José Figueroa Alcorta y luego Roque Sáenz Peña, el Estado liberal buscaba consolidar su liderazgo a través de grandes gestos simbólicos, empleando la conmemoración del primer siglo de la Revolución de Mayo de 1810 para afirmar la continuidad institucional y una cierta visión de modernidad, incluso mientras las bases del sistema se tambaleaban ante el empuje de las demandas populares.
Este ensayo defiende la tesis de que el Centenario argentino fue una operación minuciosamente planificada por la élite dirigente, cuyo objetivo principal era consolidar una memoria nacional oficialista y promover, mediante el fasto y el monumento, una imagen de modernización ante el mundo. No obstante, estos intentos de autolegitimación encontraron ante sí la vitalidad de fuerzas contestatarias, que evidenciaron las profundas fisuras sociales y políticas de la época. El texto analizará cómo se diseñaron y vivieron las celebraciones, qué conflictos emergieron y cuál es la herencia simbólica y material de aquel evento.
A lo largo de las siguientes secciones se examinarán el contexto histórico-social de la etapa previa al Centenario, la organización y los objetivos oficiales, las manifestaciones públicas, el despliegue monumental y arquitectónico, la proyección internacional, las dinámicas de conflicto, las producciones culturales y los principales debates historiográficos. Para ello, se utilizarán fuentes diversas —actas oficiales, prensa de la época, textos literarios y estudios académicos— recurriendo a ejemplos comparativos tomados del ámbito educativo y cultural hispanohablante, con especial foco en la recepción y resignificación de las conmemoraciones en el espacio público.
II. El trasfondo histórico y social: la Argentina que llega al Centenario
La Argentina de 1910 se encontraba en franco proceso de transformación. En las décadas posteriores a la consolidación del Estado nacional, el país experimentó un importante crecimiento económico basado en la exportación de productos agropecuarios, dinamizado por la llegada de capital europeo y la expansión de los ferrocarriles. Este modelo —analogable, en términos de desarrollo urbano, a la expansión de Barcelona tras la Exposición Universal de 1888— favoreció la concentración de riqueza y el surgimiento de una burguesía agraria y comercial que se erigió en clase dominante.Paralelamente, la estructura demográfica cambiaba de manera radical. Las grandes olas inmigratorias, con predominancia de italianos y españoles, transformaron el mapa humano y la cultura cotidiana, especialmente en Buenos Aires y Rosario. El auge poblacional se plasmó en el surgimiento de barrios obreros como La Boca o Barracas, donde el conventillo —equivalente porteño al corral de vecinos en ciudades españolas del XIX— fue epicentro de vida comunitaria, pero también de conflictos.
El modelo político existente, marcado por la hegemonía del Partido Autonomista Nacional y el control clientelar del Estado, fue objeto de cuestionamiento constante. Los movimientos sindicales y las agrupaciones anarquistas y socialistas, alimentadas por las ideas europeas y las condiciones de explotación en fábricas y talleres, protagonizaron huelgas y debates públicos, en muchos casos reprimidos de modo violento por las fuerzas gubernamentales. Como aconteció con la Semana Trágica en Barcelona, la conflictividad social argentina manifestaba que el progreso no beneficiaba por igual a todos sus habitantes.
En este clima, el Centenario se preparó tanto como una oportunidad para reforzar el relato oficialista de orden y progreso, como un escenario tenso, donde la brecha entre la retórica del Estado y las vivencias populares era cada vez más visible.
III. Organización, fines y dilemas del Centenario
La puesta en escena del Centenario no fue casual ni improvisada. Desde años antes, el gobierno nacional creó comisiones ejecutivas para la organización de actos, obras y publicaciones, dotadas de generosos presupuestos sancionados por el Congreso. Las actas de dichas comisiones —con semejanza metodológica a las juntas establecidas para los fastos del Quinto Centenario en Sevilla (1992)— muestran la voluntad de involucrar tanto a ministerios nacionales como a los municipios y a las colectividades extranjeras residentes.Los fines de la conmemoración eran múltiples. De forma explícita, el Estado pretendía celebrar la continuidad institucional y modernizadora iniciada en 1810, proyectando una imagen internacional de estabilidad semejante a la que buscaba la España restauracionista de la Regencia. De manera más implícita, el Centenario era ocasión para legitimar el poder de una élite que, sintiendo su supremacía amenazada —tanto por la presión política interna como por los vientos de cambio en América Latina—, pretendía fijar un relato canónico del pasado nacional, a menudo dejando en penumbra las luchas populares.
El márketing simbólico se manifestó con la construcción de monumentos, la invitación a personalidades extranjeras, la edición de libros y postales conmemorativas y la preparación de banquetes y ceremonias de gala. Estas estrategias, sin embargo, no estuvieron exentas de polémica: la prensa crítica y sectores del Congreso denunciaron el dispendio de recursos en obras efímeras, mientras que estados provinciales y grupos de inmigrantes reclamaban mayor visibilidad en el reparto de honores.
IV. Ceremonias y celebraciones: el teatro del poder
Durante el mes de mayo de 1910, la ciudad de Buenos Aires fue escenario de un inusitado despliegue ceremonial. El programa central incluyó inauguraciones, desfiles militares —al mejor estilo de la Fiesta Nacional en Madrid—, procesiones religiosas y banquetes públicos. El Teatro Colón, presentado como símbolo de la Argentina “civilizada”, fue epicentro de funciones de ópera, mientras que edificios emblemáticos se adornaron con banderas, escudos y luminarias eléctricas, generando una imagen urbana que mezclaba el nacionalismo cívico con el anhelo europeizante.Participaron en estos eventos no solo funcionarios y diplomáticos, sino también delegaciones de comunidades inmigrantes —italianos, españoles, franceses— deseosas de dejar huella en la memoria urbana a través de banderas, monumentos y actividades típicas. Sin embargo, el acceso a ciertos actos estuvo regulado, subrayando la segmentación social de los festejos: la gala del Colón y los banquetes estatales quedaban lejos de los sectores más humildes, reservándose para estos la asistencia a desfiles o bailes en espacios abiertos.
La prensa, tanto oficialista como crítica, brindó crónicas dispares: mientras “La Prensa” exaltaba la “dignidad del pueblo argentino ante el mundo”, revistas de corte socialista como “La Protesta” denunciaban la exclusión de los trabajadores y registraban incidentes y protestas.
V. Monumentos y transformaciones urbanas
El Centenario dejó su huella en el espacio urbano. Se erigieron monumentos dedicados a figuras como San Martín, Sarmiento y otros “próceres fundadores”, siguiendo la moda del neoclasicismo monumental, visible también en ciudades como Madrid o Barcelona tras grandes efemérides. Las plazas, avenidas y parques se trasformaron en entornos donde la memoria cívica se fundía con el ornato urbano. La inauguración del Monumento de los Españoles en Palermo, donado por la colectividad española, ilustra cómo la celebración era también ocasión de reafirmación identitaria para los inmigrantes.Estos proyectos no estuvieron exentos de debates: artistas y arquitectos argentinos protestaron por la preferencia a modelos extranjeros, y hubo polémicas sobre las figuras deseadas o excluidas por las comisiones oficiales. Sin embargo, muchas de estas obras, como el Paseo Colón, el monumento al Quijote o la remodelación de la Plaza de Mayo, han perdurado y se han integrado al imaginario colectivo argentino, constituyendo un capítulo clave en la historia del arte y el urbanismo del país.
VI. Proyección internacional y diplomacia festiva
El gobierno argentino concibió el Centenario también como una vitrina ante el mundo. A través de invitaciones formales, recibió a delegaciones de países europeos y latinoamericanos, así como a figuras relevantes de la ciencia y la cultura —por ejemplo, el escritor español Vicente Blasco Ibáñez—. La prensa internacional, siempre atenta a la competencia entre naciones emergentes, dedicó detallados reportajes al evento, comparando a Buenos Aires con París o Madrid y señalando su pujanza económica y cultural.Esta presencia internacional no era solo gesto de amistad: buscaba legitimar a la Argentina como potencia hemisférica e impulsar vínculos económicos y diplomáticos estratégicos, en un contexto donde el país luchaba por diferenciarse tanto de la América “atrasada” como de la tutela directa de las grandes potencias europeas.
VII. Protesta social y respuesta estatal
Los festejos, sin embargo, se vieron sacudidos por la protesta. Bajo la superficie de las ceremonias oficiales, sindicatos y agrupaciones anarquistas, como la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), organizaron huelgas y manifestaciones en toda la ciudad. Hubo atentados, como el intento de asesinato del jefe de policía, y medidas represivas: el gobierno decretó el estado de sitio, multiplicó los arrestos y censuró publicaciones opositoras.Se vivió así un clima dual, donde la prensa oficial exaltaba la “fiesta nacional” y silenciaba el disenso, mientras la CNT o “La Vanguardia” socialista denunciaban la violencia policial y la represión de los derechos obreros. Estos episodios fueron preludio de una década caracterizada por la agitación social y la respuesta autoritaria del Estado, y alimentaron posteriores reformas políticas, como la Ley Sáenz Peña de voto secreto y obligatorio, en 1912.
VIII. Cultura, literatura y memoria simbólica
El Centenario inspiró una vasta producción cultural: himnos, poemas, libros conmemorativos, cuadros y piezas teatrales. Escritores como Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas asumieron el papel de cronistas oficiales, exaltando la figura de los “padres de la patria” y la idea de una nación destinada a la grandeza, en una narrativa patriótica construida sobre el mito de la “tierra prometida”. Sin embargo, no faltaron voces críticas, como la del dramaturgo Florencio Sánchez, que en obras como “El desalojo” planteó una visión descarnada de la vida urbana y de la lucha social.Las artes plásticas y la prensa ilustrada popularizaron estereotipos y símbolos (la escarapela, la bandera, la escultura ecuestre) que, instalados en manuales escolares y carteles, definieron un imaginario nacional que sobrevive en la Argentina contemporánea.
IX. Debates y perspectivas historiográficas
Desde su realización, el Centenario ha sido objeto de interpretaciones contrapuestas. Algunos historiadores, como Halperín Donghi, han subrayado el proyecto modernizador y el éxito económico de la Argentina en 1910, mientras otros, influenciados por la historia social, destacan el carácter excluyente y represivo del evento. Las corrientes más recientes, en línea con la historia cultural y del patrimonio, analizan el Centenario como campo de disputa simbólica, preguntándose por sus silencios y ausencias.Este debate es análogo al que ha suscitado en España la lectura del “Desastre del 98” o el uso estatal de la memoria en el franquismo y la Transición, invitando a repensar los límites y potencialidades de las conmemoraciones oficiales.
Evalúa:
Inicia sesión para evaluar el trabajo.
Iniciar sesión