La oreja verde: una nueva visión emocional en la educación infantil
Tipo de la tarea: Texto expositivo
Añadido: hoy a las 9:09
Resumen:
Descubre cómo La oreja verde aporta una visión emocional y renovadora en la educación infantil, fomentando la escucha activa y el respeto en el aula 🍃
La oreja verde de la escuela: una mirada renovadora y afectiva hacia la educación infantil
Quizá pocas obras sobre educación infantil han dejado una huella tan honda y genuina en el panorama pedagógico español como *La oreja verde de la escuela*, escrita por Carmen Díez Navarro. Maestra de vocación, formada en el magisterio de un modo clásico pero con una sensibilidad siempre a la búsqueda de nuevos horizontes educativos, Díez Navarro ha dedicado su carrera a explorar las posibilidades de una escuela diferente, capaz de escuchar y comprender el universo propio de la infancia.
Esta autora no solo ha ejercido como profesora en diferentes centros de la Comunidad Valenciana y Murcia, sino que, además, ha compartido incansablemente sus experiencias a través de conferencias, talleres y publicaciones. Su modo de entender la docencia parte de la realidad diaria de las aulas, donde el respeto y la curiosidad nunca pierden su lugar. Con *La oreja verde de la escuela*, propone una metáfora preciosa: la de la "oreja verde", ese órgano simbólico dispuesto a escuchar lo invisible, lo novedoso, lo que en la rutina escolar suele pasar inadvertido pero que, en realidad, constituye la esencia de la experiencia infantil.
Este ensayo pretende analizar en profundidad el valor y el alcance de las propuestas de Carmen Díez Navarro, defendiendo la vigencia de la mirada afectiva e integral en la educación, y mostrando cómo su planteamiento puede transformar los espacios y las relaciones escolares en entornos verdaderamente vivos, creativos y democráticos.
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La metáfora de la “oreja verde”: más allá de la escucha tradicional
¿Qué significa tener una "oreja verde"? Carmen Díez Navarro utiliza esta expresión inspirándose en la poesía de Gianni Rodari, gran referente de la literatura infantil italiana, para describir la capacidad de escuchar a los niños y a lo que sucede en la escuela de una manera singular y abierta a la sorpresa. Los niños, a diferencia de los adultos, prestan atención a matices, detalles y emociones que para el ojo –o el oído– adulto suelen pasar desapercibidos. Quizá por eso, muchas de las cosas verdaderamente relevantes que ocurren en la escuela no aparecen reflejadas ni en los libros de texto ni en los documentos oficiales.Tener una “oreja verde” implica dejarse sorprender, escuchar con libertad, permitirse la duda y valorar la palabra y la mirada infantil como portadoras de sentido. No es lo mismo oír que escuchar: la oreja verde reclama paciencia e interés sincero en aquello que los pequeños traen consigo. Frente a la escucha rutinaria, la actitud verde exige actitudes como la empatía, la humildad y la valentía de abandonar los esquemas preestablecidos. Desde esta perspectiva, la práctica educativa se convierte en un constante ejercicio de apertura: es el niño quien guía el ritmo, el adulto quien acompaña, pregunta y, sobre todo, observa y escucha.
En la literatura pedagógica española, figuras como Francesco Tonucci o incluso María Montessori han insistido en la importancia de “hacer visible la voz del niño”. Pero Díez Navarro va un paso más allá, planteando la escucha no sólo como técnica o recurso, sino como auténtica postura ética y estética ante el acto de educar.
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El ambiente de aprendizaje: espacios vivos y acogedores
Uno de los aspectos fundamentales que Díez Navarro reivindica es el cuidado y la intención en la creación del ambiente escolar. El aula no es simplemente un lugar físico donde suceden cosas, es un espacio simbólico, una especie de “continente” que recoge y da sentido a las vivencias de sus habitantes.El aula, lejos de ser ordenada y rígida, debe sugerir posibilidades, invitar al asombro y reflejar la vida cotidiana y emocional del grupo. Por eso, la autora aconseja llenar las clases de "contenedores de vida": objetos llenos de significado como fotos de las familias, recuerdos de excursiones, libros de poesía, murales creados en común, plantas, materiales naturales y hasta aquellos pequeños tesoros encontrados en el patio. De esta manera, se fomenta la conexión entre la escuela y el mundo doméstico de los niños, contribuyendo a la seguridad, el arraigo y la autoestima.
La organización del espacio también debe favorecer la autonomía. Un ejemplo real, muy típico en las escuelas españolas de infantil inspiradas en esta tendencia, es la disposición de rincones temáticos: el rincón de lectura, el de juego simbólico, el taller artístico… Los niños pueden elegir libremente a qué actividad dedicarse, sintiéndose protagonistas de su aprendizaje. Esta autonomía no es solo decorativa, sino que responde a la convicción de que el aprendizaje es más profundo y significativo cuando se produce de manera activa y acompañada de curiosidad.
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La comunicación y el clima afectivo: la importancia del diálogo
La verdadera escuela democrática y participativa ha de fomentar un clima de escucha y expresión, donde la palabra y el silencio tienen un sentido propio. En la propuesta de Díez Navarro, las asambleas diarias, los momentos de juego y merienda, o los tiempos de conversación espontánea, adquieren un valor central.El educador debe ser modelo de respeto y diálogo, creando espacio para la diversidad de opiniones y de sentimientos. No cabe amordazar ni reglamentar en exceso la expresión emocional: hay que aprender a transitar y nombrar la alegría, el enfado, el miedo, el asombro… Elementos como la “caja de las palabras mágicas”, donde los alumnos pueden depositar mensajes para sus compañeros, o el mural de los buenos días, refuerzan el sentido de pertenencia y la valoración positiva de las diferencias.
En este contexto, la literatura tiene un papel central. Referencias como Gloria Fuertes, Federico García Lorca (en su “Cancionero infantil”) o Ana María Matute han mostrado la potencia de la palabra poética y narrativa para emocionar y estimular la reflexión en la infancia española. La clase puede convertirse en un espacio de lectura, creación y debate, donde el relato de experiencias une más allá de la mecánica de los libros de texto.
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La educación integral: sentido, creatividad y ciudadanía
Díez Navarro entiende la educación como una acción entera que abarca los planos sensorial, afectivo, social, creativo e intelectual. No puede haber aprendizaje real sin emoción, sin juego ni sin participación activa. Por eso insiste en que el currículo debe partir de los intereses reales de los niños: un viaje en tren, el nacimiento de un hermano, la llegada de una mascota… Todo es susceptible de convertirse en motor de aprendizaje interdisciplinar.En la práctica española, las escuelas públicas y concertadas que trabajan por proyectos (“trabajo por proyectos”) son un buen ejemplo de esta integración entre vida y aprendizaje. Plantar un huerto escolar, crear una obra de teatro, investigar sobre el ciclo del agua, o escribir un libro colectivo de poemas, son actividades que desarrollan a la vez pensamiento crítico, creatividad, destrezas comunicativas y sentido democrático. Se aprende en grupo, se decide en común y se comparte el resultado con la comunidad.
El respeto por la diversidad y la participación se refuerzan también en la formulación de normas y acuerdos. Las reglas no son impuestas, sino discutidas y consensuadas, lo que anima a niños y niñas a ser responsables no solo de sí mismos, sino también de su grupo, germinando así las semillas de la ciudadanía futura.
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Estrategias concretas: los “contenedores de vida” y los registros colectivos
Como herramientas didácticas, Díez Navarro sugiere la elaboración de objetos y documentos que hagan visible la experiencia y la identidad de los alumnos. Ejemplos tradicionales en aulas españolas son los murales del nombre (donde cada alumno decora su propio nombre), los diagramas visuales de la altura, los ojos o los gustos preferidos, y los álbumes familiares que cada uno comparte durante el curso.Resulta especialmente interesante el uso de archivos colectivos: grandes cuadernos donde se recogen sueños, preguntas, historias inventadas, poemas o listas de cosas importantes. De este modo, el grupo se reconoce a sí mismo, establece vínculos y crea memoria común. Herramientas como el calendario pictográfico, con símbolos y dibujos para anticipar las actividades del día, facilitan la comprensión del tiempo y de las rutinas, especialmente valiosas para la inclusión de alumnado diverso o con necesidades especiales.
Todo este entramado de objetos, recuerdos y documentos funciona como la prueba tangible de que en la escuela suceden cosas importantes, y de que lo que sienten, piensan y hacen los niños es esencial.
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El papel del educador: sensibilidad, flexibilidad y mediación
La obra de Díez Navarro sitúa al maestro en una posición delicada pero privilegiada: ya no es el poseedor del saber absoluto, sino el acompañante atento y sensible, el que sabe escuchar y facilitar, el que observa y espera el momento oportuno para intervenir.La paciencia y la humildad resultan virtudes indispensables: hay que saber callar y dejar espacio, confiar en las capacidades de los niños y aceptar que el aprendizaje es un proceso a veces lento, nunca uniforme ni previsible. Además, la flexibilidad del educador permite modificar el rumbo de la clase, aprovechar oportunidades y abrirse a proyectos surgidos de la curiosidad espontánea.
Por último, el docente debe actuar como mediador emocional y social: ayudar a resolver conflictos, enseñar a poner nombre a los sentimientos y facilitar la empatía y la autoaceptación. Intervenir en el momento justo, con delicadeza, puede evitar heridas difíciles de sanar.
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Reflexión final: la educación como semilla de humanidad
Adoptar la “oreja verde” en la educación infantil significa comprometerse con una manera de estar en la escuela en la que la vida, el afecto, la sorpresa y la confianza sean los verdaderos motores del aprendizaje. Niños y niñas que crecen en ambientes así desarrollan autoestima, pensamiento crítico, capacidad de convivir y curiosidad por el mundo.Para los docentes supone un reto y, a la vez, una fuente constante de sentido. Hacerse acompañante y testigo, y no mero transmisor de contenidos, implica renovar la propia mirada, mantener frescura y humanidad ante la rutina.
Podríamos concluir, con palabras inspiradas en el espíritu de Carmen Díez Navarro, que la escuela que apuesta por la “oreja verde” es un lugar de vida, arraigado en la realidad, pero siempre abierto a la esperanza y al asombro. Un sitio en el que la infancia es honrada y escuchada de verdad.
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Sugerencias prácticas y bibliografía
Para llevar esta perspectiva al aula, resulta útil proponer actividades como los diarios colectivos, la asamblea semanal para decidir proyectos, la realización de un mural de sentimientos, o la creación de un diccionario-botella donde guardar palabras especiales.Algunas referencias clave son *Los niños y las niñas piensan y preguntan* (Tonucci), *La escuela puede ser divertida* (Freinet), y obras literarias de Gloria Fuertes, Lorca y María Elena Walsh.
En definitiva, *La oreja verde de la escuela* nos desafía a ser, cada día, más humanos y más atentos a la voz de los pequeños, porque en su mirada está siempre la semilla de un mundo mejor.
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