El estado de salud del rey Carlos II: Descripción de su habitación, visita médica y extremaunción
Este trabajo ha sido verificado por nuestro tutor: 11.01.2026 a las 17:56
Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: 22.10.2024 a las 22:07
Resumen:
Durante el reinado enfermo de Carlos II, su testamento en el lecho marcó el fin de los Austrias y el inicio de los Borbones en España.
La historia de España en el siglo XVII está marcada por la figura de Carlos II, el último monarca de la Casa de Austria. Su reinado se caracteriza por un debilitamiento del poder real y profundas crisis internas y externas. Un acontecimiento notable durante su vida fue su prolongada enfermedad, que a menudo lo mantenía recluido en sus habitaciones del Palacio Real de Madrid. Este espacio privado del monarca, aunque ostentoso en decoración, poco podía enmascarar el estado debilitado de su ocupante.
La habitación de Carlos II en el Palacio Real estaba adornada con ricos tapices y muebles de época, que mantenían los símbolos de la monarquía española a pesar del deterioro del poder político de la corona. En las paredes, colgaban retratos de sus ancestras y antecesores, recordatorios de la dinastía Habsburgo y la gloria pasada. La lujosa cama canopy, con colgaduras de terciopelo y bordados dorados, se convertía en testimonios visuales del poder y la riqueza que, en el interior, estaban siendo corroídos por las enfermedades que afligían al rey.
En un día típico en la vida del enfermo rey, el médico de cámara, siempre a la espera de cualquier señal preocupante, hacía su entrada a la recámara con una mezcla de familiaridad y preocupación, cargando un pequeño maletín de cuero lleno de instrumentos médicos rudimentarios y remedios limitados por el conocimiento de la época. Este médico, encargado del tratamiento de un rey perpetuamente enfermo, no contaba con más que prácticas cuyos fundamentos científicos eran incipientes, prescribiendo más por experiencia empírica que por certeza médica.
A menudo, el médico encontraba a Carlos II reclinado en su cama, pálido y débil, aquejado por dolencias que, en la actualidad, podrían diagnosticarse con mayor claridad, pero que él podría describir solo vagamente. El monarca sufría de debilidad crónica y frecuentes episodios de fiebre, problemas estomacales y mareos, todos ellos acompañados de un letargo generalizado que hacía tenue el brillo de su monarquía.
Acompañando al médico, un aprendiz joven observaba los procedimientos con cuidado. Este aprendiz, futuro médico, asistía a su superior en las simplonas prácticas médicas de la época, como la sangría o el uso de hierbas que, aunque poco efectivas, constituían el limitado arsenal médico de entonces. El médico intentaba explicar al joven aprendiz la gravedad del estado del rey, examinando sus signos vitales y anotando observaciones en un diario de cuero desgastado.
El ambiente en la habitación se tornaba más solemne cuando el cardenal Portocarrero entraba con su comitiva. Como hombre de confianza de la iglesia y cercano al monarca, Portocarrero, con su vestimenta eclesiástica adornada, aportaba al lugar una presencia que mezclaba lo sagrado con lo político. Su propósito oficial en ese día específico era ofrecer los últimos sacramentos, un ritual que aseguraría el paso del rey al más allá, en una era en que la religión y el estado eran intrínsecamente interdependientes.
Sin embargo, la presencia del cardenal guardaba un propósito más sigiloso y crucial. Mientras el médico, su aprendiz y otros cortesanos se retiraban respetuosamente de la habitación siguiendo sus gestos solemnes, Portocarrero y otros cercanos al rey se reunían para abordar la cuestión apremiante de la sucesión. Fue allí, en la semioscuridad del cuarto real, donde se discutió y eventualmente se plasmó el testamento de Carlos II. Este documento marcaría el destino de España y gran parte de Europa, pues en él se reconocía a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, como su heredero, ignorando las pretensiones de la Casa de Habsburgo y desencadenando así la Guerra de Sucesión Española.
La recopilación del testamento fue un momento emocionante y sumamente político, donde las últimas páginas de la vida de Carlos II se escribieron en paralelo al final de una era que daría paso a un nuevo capítulo, el ascenso de los Borbones al trono de España. La habitación, que había sido testigo de las ansiedades personales del rey, se convertía en un testigo silencioso de un cambio monumental en la historia europea.
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