Ascenso de Estados Unidos y Japón como potencias extraeuropeas (s. XIX)
Tipo de la tarea: Redacción de historia
Añadido: ayer a las 11:52
Resumen:
Descubre cómo Estados Unidos y Japón ascendieron como potencias extraeuropeas en el siglo XIX, con sus cambios políticos, sociales y económicos clave.
Las potencias extraeuropeas: Estados Unidos y Japón en el siglo XIX
El siglo XIX fue una época crucial en la historia universal, marcada por rápidos y profundos cambios que afectaron a todos los continentes. Europa, y especialmente naciones como el Reino Unido, Francia o Alemania, concentraban el poder político, económico y militar, mientras esparcían sus influencias por América, Asia y África. Sin embargo, a contracorriente del eurocentrismo dominante, dos países alejados geográficamente del Viejo Continente comenzaron un proceso de transformación sin precedentes: Estados Unidos y Japón. Estos Estados, hasta entonces secundarios en la escena mundial, supieron articular fuerzas internas y gestionar presiones externas para convertirse en actores con voz propia en la política internacional. Entender cómo emergieron como potencias extraeuropeas permite tanto reflexionar sobre los fundamentos del poder en la Edad Contemporánea como comprender los orígenes de las rivalidades y alianzas que configuran el mapa actual. El propósito de este ensayo es analizar, desde una perspectiva comparada, los trayectos divergentes de Estados Unidos y Japón, destacando las causas de su modernización, los retos a los que se enfrentaron y el impacto de su ascenso en el contexto mundial, recurriendo a ejemplos, autores y realidades culturales relevantes para el alumnado en España.
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I. Estados Unidos: Ascenso entre cicatrices internas
1. Una nación partida entre dos mundos
Estados Unidos en los primeros decenios del siglo XIX no era una unidad homogénea, sino la suma de antagonismos latentes. Basta recordar la célebre “Carta desde Birmingham” de Frederick Douglass o las narraciones de Harriet Beecher Stowe para intuir el dramatismo de la pugna Norte-Sur. El Norte, donde la industrialización avanzaba gracias a inventos como el telar mecánico o el ferrocarril, desarrolló una sociedad marcada por los valores del trabajo asalariado y el progreso técnico. Allí germinaban las grandes urbes, la banca y los primeros atisbos de sindicalismo, como se aprecia en los testimonios de la Sociedad de Carpinteros de Nueva York. El Sur, en cambio, mantenía una estructura agrícola feudal basada en grandes plantaciones de algodón, tabaco y caña de azúcar, con una economía dependiente del trabajo esclavo importado de África y del comercio con Europa.Las tensiones derivadas de esta asimetría social se vieron alimentadas también por los debates sobre el libre comercio: el Norte apostaba por barreras proteccionistas que defendieran su incipiente industria, mientras el Sur prefería la apertura internacional, fundamental para exportar productos agrícolas a Inglaterra o Francia.
2. El estallido: expansión, guerra civil y sus secuelas
El proceso de expansión hacia el Oeste—a través de territorios arrebatados a las naciones indígenas o a México, como narra Mariano José de Larra en sus “Cartas Marruecas” al aludir a la voracidad americana—agravó los desacuerdos sobre el estatus de la esclavitud en las nuevas tierras. El “Compromiso de Missouri” (1820) buscó contener el problema mediante un equilibrismo artificial, pero la fractura era inevitable. Entre 1861 y 1865, la Guerra de Secesión sumergió al país en una espiral de violencia inédita, cuyas heridas aún son visibles, por ejemplo, en la persistencia del racismo sistémico, como reflejan los escritos de Ida B. Wells.La victoria del Norte supuso la abolición de la esclavitud (Enmienda XIII), pero la llamada “Reconstrucción”, que intentó dotar de derechos reales a los antiguos esclavos y reintegrar al Sur en la Unión, pronto naufragó. La aparición de leyes segregacionistas—“Jim Crow”—y de organizaciones abiertamente racistas sumió durante décadas a la población negra en un estado de ciudadanía de segunda clase.
3. Factores motores del desarrollo ulterior
Pese a las dificultades políticas y sociales tras la guerra, Estados Unidos experimentó un crecimiento espectacular. Las olas migratorias desde Irlanda, Alemania, Italia o el Imperio Austrohúngaro triplicaron la población en pocas décadas y proporcionaron mano de obra abundante. La transformación agrícola avanzó gracias a la modernización de herramientas, el uso del arado mecánico y la generalización del algodón desmotado—un producto que, según varios historiadores, llegó a representar la mitad de las exportaciones estadounidenses antes de la guerra civil.Pero, sin duda, son las infraestructuras las que simbolizan el “sueño americano” del progreso: la construcción del ferrocarril transcontinental, que unió el Atlántico con el Pacífico en 1869, o la expansión de los canales fluviales, permitieron el intercambio masivo de bienes y el surgimiento de ciudades industriales como Chicago, Detroit o Pittsburgh. En cuanto a la especialización económica, el Norte se consolidó como líder en industria pesada, el Oeste explotó su potencial en cereales y ganadería, mientras el Sur renegociaba su lugar con una agricultura ya sin esclavos.
4. Hacia el escenario global (1865-1914)
A partir de 1870, Estados Unidos entró en la senda de la producción masiva: la fabricación en cadena, popularizada por Henry Ford en la incipiente industria del automóvil, revolucionó la productividad, mientras la creación de bancos de inversión y empresas como Standard Oil de Rockefeller o U.S. Steel de Carnegie—verdaderos “imperios económicos”—multiplicaban el capital disponible para nuevos proyectos. Este entorno propició la aparición de “trusts” y monopolios que, aunque limitaron la competencia, permitieron a la joven nación medirse de tú a tú con el Reino Unido o Alemania en los mercados mundiales. Así, al llegar el cambio de siglo, Estados Unidos era ya, en palabras de Ortega y Gasset, una “potencia adolescente”, lista para disputar la hegemonía global.---
II. Japón: Del encierro feudal a la fiebre de la modernidad
1. El cierre del shogunato y su sociedad
Hasta mitad del siglo XIX, Japón era prácticamente un mundo hermético. El shogunato Tokugawa, instalado desde 1603, organizó el país en un rígido sistema feudal: la figura del emperador mantenía un papel ceremonial, mientras los “shogunes”, apoyados por los “daimios” (señores locales), concentraban el poder efectivo. El “sakoku”, la radical política de aislamiento decretada en 1639, prohibía la entrada de extranjeros y limitaba el contacto comercial a unos pocos enclaves (principalmente Nagasaki con los holandeses). Esta estrategia se justificaba como defensa frente a la expansión colonial europea y la evangelización cristiana, pero sus consecuencias fueron una relativa estabilidad interna a cambio de un estancamiento tecnológico y económico respecto a China o el propio Occidente.2. Influencias externas y el fin del aislamiento
La llegada de las potencias occidentales a Asia exigiría una respuesta japonesa. La guerra de Opio, que humilló a China ante el Reino Unido, encendió todas las alarmas entre la élite nipona. En 1853, el comodoro estadounidense Matthew Perry arribó a la bahía de Edo con sus “barcos negros” y una amenaza clara: o Japón abría sus puertos al comercio exterior o sufriría el mismo destino que los chinos. El “Tratado de Kanagawa” (1854) selló la apertura, generando división entre los gobernantes: unos vieron necesario modernizarse para no ser colonizados; otros, nostálgicos, defendían el orden tradicional.La presión exterior, unida a la crisis económica y al desprestigio del shogunato, abrió la vía para cambios revolucionarios.
3. La Restauración Meiji: un salto histórico
En 1868, un grupo de jóvenes samuráis derrocó al shogun y restauró la autoridad imperial bajo Mutsuhito, dando inicio a la era Meiji. Se impuso la consigna de “fukoku kyohei” (país rico, ejército fuerte). No fue una evolución suave: Japón tuvo que desmontar en apenas 30 años un armazón feudal de siglos. Los nuevos líderes copiaron, adaptaron o mejoraron instituciones extranjeras: el ejército y la marina se inspiraron en Prusia y el Reino Unido, se proclamó la Constitución de 1889, se creó un parlamento—la Dieta—y se reorganizó la administración sobre criterios de mérito y centralización.En el plano económico, el Estado promovió industrias clave, apoyándose en talentos venidos de Europa, como los ingenieros británicos Thomas Blake Glover o Henry Brunton. Pronto, empresas como Mitsubishi, Mitsui o Sumitomo—los célebres “zaibatsu”—formaron conglomerados industriales que recordaban a los “trusts” norteamericanos. Paralelamente, la educación pública se expandió, primando las matemáticas, la química y la ingeniería, lo que quedó reflejado en los programas del Instituto de Ingeniería de Tokio, uno de los más prestigiosos de Asia. En el campo militar, la capacidad ofensiva y la disciplina alcanzaron cotas notables, como demostraría pronto Japón en los conflictos contra China y Rusia (1904-1905), tras los cuales su prestigio internacional ascendió de manera fulgurante.
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III. Contrastando modelos: dos rutas hacia la potencia
Aunque ambos países alcanzaron la categoría de potencias extraeuropeas, sus trayectorias y modelos presentan más diferencias que similitudes. Estados Unidos avanzó sobre una base democrática (con todas sus contradicciones), con un desarrollo extensivo, aprovechando la vastedad de su territorio y su diversidad humana. La industrialización fue un proceso prolongado, resultado tanto de la iniciativa privada como de la adaptación social. Japón, por el contrario, emprendió una modernización de “arriba abajo”, impulsada por el Estado, que orientó todas las energías hacia un objetivo común: evitar el destino colonial y proyectar su influencia regional.En el ámbito internacional, Estados Unidos optó por una expansión continental, desplazando fronteras y pueblos nativos, para después lanzarse al Pacífico y la América Latina. Japón, sin posibilidad de expansión hacia el oeste, optó por convertir la modernización en instrumento de soberanía: la victoria sobre Rusia en 1905 era un mensaje claro a Europa y al resto de Asia.
En lo social, Estados Unidos mantuvo una fractura racial profunda, solo suavizada por los avances en derechos civiles del siglo XX. Japón, por su parte, reconfiguró su sociedad apostando por la homogeneización cultural y la educación pública, aunque no sin costes en libertad política.
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